Esta entrada del blog es, de alguna manera, el cierre de la crónica del viaje a Berlín de 2012. He reunido las mejores fotos de grafitos que hice en esta ocasión. Seguro que los hay mucho mejores y más interesantes, pero aquí están los que me encontré en los muchos paseos que dimos por la ciudad. Espero que os gusten.
Grafito en Cuvrystraße.
Grafito en Cuvrystraße.
Grafito en Oberbaumstraße, junto al Watergate.
Grafito en Manteuffelstraße.
Grafito en Oranienstraße.
– Grafitos (uno cercano a la zona de Monjiboupark y el otro en Brunnenstraße.
Vista de la Neue Nationalgalerie y de la Sankt Matthäuskirche (detrás, entre el museo y la escultura).
DÍA 5: SÁBADO
– Cafetería y jardín en el pequeño patio interior del hotel Circus.
Para el sábado no teníamos ningún plan especial, excepto la cena (habíamos reservado en el White Trash Fast Food). Desayunamos tranquilamente en el pequeño jardín interior del hotel y depués cogimos el metro hasta Potsdamer Platz, para visitar la Neue Nationalgalerie.
– Edificio de Potsdamer Platz y escultura de Keith Haring es Eichhornstraße.
Iglesia de San Mateo.
Filarmónica de Berlín.
En el paseo hasta el museo, pasamos junto a una escultura de Keith Haring, vimos el exterior de la Filarmónica, nos paramos a fotografiar la iglesia de San Mateo y, finalmente, después de hacer unas cuantas fotos al fantástico edificio de Mies Van Der Rohe, entramos en la Neue Nationalgalerie (no fuimos a los demás museos del Kulturforum porque ya los había visitado en una ocasión anterior, pero también merece la pena hacerles una visita).
Neue Nationalgalerie.
No voy a hablar aquí del edificio de Mies Van Der Rohe, pero quiero decir tan solo que por disfrutar de él ya merece la pena la visita. Se entra al museo por el piso superior, que está dedicado a instalaciones, y desde él se accede al piso inferior, donde se hallan las salas de exposiciones, el café, la librería y un jardín en el que están las esculturas.
– Neue Nationalgalerie. Vista del exterior y de la planta superior y acceso a las salas.
– Hall principal de la planta inferior (entrada a las salas de la exposición temporal) y vista del jardín desde el interior.
La colección de la Neue Nationalgalerie está centrada en el arte del siglo XX, y en esta ocasión pudimos ver “Divided Heaven. The Collection. 1945–1968“, segunda de tres exposiciones que recogen la colección del museo dividida por épocas. Disfrutamos de esculturas y pinturas de Picasso, Warhol, Max Lingner, Hockney, etc.
Tres vistas de la escultura de Duane Hanson “Policeman and Rioter” (1967).
“Woman in love” (1947), de Max Lingner.
Bauhaus Archiv.
Después de la visita a la Neue Nationalgalerie, como no quedaba muy lejos, dimos un paseo hasta el Bauhaus Archiv, cuyo interesantísimo edificio es obra de Walter Gropius. El museo muestra la influencia de la escuela Bauhaus en la arquitectura, el diseño y el arte. En un viaje anterior hicimos un recorrido muy interesante por el Tiergarten, entrando al parque por la avenida cercana al Reichstag y terminando en el Bauhaus Archiv, después de ver varias embajadas que están en Klingelhöferstraße).
Bauhaus Archiv.
Terraza del Einstein.
Como ya casi era hora de comer, decidimos poner rumbo a uno de los cafés más bonitos y típicos de Berlín, el Einstein, que está en Kurfürstenstraße 58. Comimos en la terraza del café, lo que fue una mala idea porque las avispas no nos dejaron en paz ni un solo momento (la comida estuvo muy bien, y bien de precio). De todos modos, el calor sofocante que hacía en Berlín tampoco aconsejaba comer en los salones del café.
– Salones del café Einstein.
Aeropuerto de Tempelhof.
Después de comer dimos otro paseo por la zona y cogimos el metro para visitar el parque que han hecho en las antiguas pistas del aeropuerto de Tempelhof. Por extensión debe de ser de los más grandes del mundo, pero le falta mucho para ser un parque de verdad. Nos pegamos una buena caminata por la zona más cercana a las instalaciones del aeropuerto y después cogimos el metro de vuelta a la zona del hotel (antes del merecido descanso previo a la cena, tomamos un café en el patio de Gestalten y volvimos andando hasta el hotel por Gipsstraße y Rosenthaler Straße).
“Hold for FOLLOW ME or RTF instructions”.
– No sé si me gustan más las tiendas tan curiosas que hay en el barrio de Mitte o los carteles de las mismas.
El sitio donde fuimos a cenar la noche del sábado lo tenía apuntado en mi libreta de Berlín desde la visita anterior, pero no habíamos llegado a ir. En esta ocasión, curiosamente, pasamos el primer día por delante de él y pensamos que era el típico chino. White Trash Fast Food engaña con su fachada de restaurante oriental y su extraño nombre, pero, al entrar, te llevas la gran sorpresa: una hamburguesería estilo Hard Rock Café, aunque mucho más auténtica, con buen ambiente y con una zona para conciertos en el sótano. Con esta buena cena estilo americano se terminaba el sábado. El domingo era el último día de las vacaciones berlinesas, así que había que aprovecharlo bien.
– Exterior e interior del restaurante White Trash Fast Food.
DÍA 6: DOMINGO
Estanque en Volkspark, un parque a medio camino entre el hotel Circus y el mercadillo de Arkonaplatz.
Fer y su fritz-kola.
Aprovechamos la mañana del domingo, después de hacer las maletas y de desayunar, para ir a curiosear por dos mercadillos. El primero de ellos, el de Arkonaplatz, está dedicado principalmente a los muebles, aunque se pueden encontrar también relojes, objetos para la casa, etc. El segundo, en Mauerpark, es muchísimo más grande y está lleno de gente (puedes encontrar de todo: cazadoras, cámaras de fotos antiguas, relojes, muñecos, carteles, …). Como siempre, si no vas a primera hora, la probabilidad de encontrar algo interesante es muy pequeña. Nuestra gran compra fueron unos clicks de Famobil
– Dos puestos en el mercadillo de Arkonaplatz.
Después de pasear por los dos mercadillos, nos dirigimos al aeropuerto de Tempelhof, ya que queríamos aprovechar una visita guiada que hay los fines de semana para verlo por dentro (antes habíamos parado en el café Rosalyn para refrescarnos con una fritz-kola).
Terminal del aeropuerto de Tempelhof.
El aeropuerto de Tempelhof se cerró hace pocos años. Tenía grandes pérdidas y en Berlín no sabían qué hacer con tres aeropuertos. Aunque era el más céntrico de los tres, la imposibilidad de hacer más pistas o hacer más grandes las existentes hizo que se tomara la decisión de cerrarlo. Actualmente se alquilan algunas zonas del aeropuerto para fiestas y eventos como la Fashion Week y algunas oficinas también están alquiladas, pero gran parte del aeropuerto está vacío.
La experiencia de la visita guiada fue, digamos, curiosa. Ya íbamos avisados después de haber intentado comprar entradas en la web y comprobar que solo era posible si tenías una cuenta en un banco alemán (no se podía con tarjeta de crédito). Llegamos al aeropuerto, a la puerta donde debía comenzar la visita, y estuvimos esperando con más gente (casi todos alemanes) a que apareciera alguien. Unos minutos después de la hora de inicio de la visita, apareció un señor mayor con una carpeta vieja de cartón azul y gomas y un manojo de llaves. Abrió la puerta y nos pasó a un pequeño hall donde, con papel y bolígrafo, fue apuntando nuestros datos y cobrándonos la entrada (había que pagar en efectivo y con cambio, ya que el señor utilizaba su cartera como caja registradora).
Tras la experiencia inicial, que tuvo lugar en una sala con una temperatura casi insoportable, el señor dio una charla de ¡20 minutos! (y en alemán, ya que no sabía otro idioma) antes de dejarnos ver otra zona del aeropuerto. Como el sistema de charlas largas era el empleado por el vejete para enseñarnos el aeropuerto, siempre que pude me desmarqué para hacer fotos del edificio y las instalaciones, que era lo realmente interesante (una vez casi me quedé encerrado en una sala y tuve que aporrear una puerta para que volvieran a por mí).
La visita se estaba haciendo interminable (por las charlas) y vivimos situaciones esperpénticas como la de la foto que para mí es la mejor que he hecho en el viaje: casi todo el grupo de la visita, en una sala con las paredes derruidas, mirando una foto gigante del aeropuerto como si estuvieran viendo un cuadro del museo del Prado (mientras el señor mayor volvía a soltar un discurso casi interminable).
Como ya habíamos visto casi todo lo interesante (nos sorprendió que el aeropuerto tuviera una cancha de baloncesto y nos hizo gracia la cafetería tan 70s) y se estaba haciendo tarde –teníamos que comer, recoger el equipaje e ir en bus al aeropuerto–, hablamos (con ayuda) con el guía para que nos dejara escaparnos. Así, bajo una tremenda tromba de agua (era la primera vez que nos llovía en el viaje), corrimos hasta la estación de metro más cercana y nos dirigimos al hotel. Comimos, cogimos las maletas, fuimos hasta la parada de bus y, por fin, llegamos a Tegel, punto final de este estupendo viaje a Berlín que, seguro, no será el útlimo.
Vista del aeropuerto de Tempelhof desde la terraza del mismo.
P.D.: Hay muchas cosas fundamentales de Berlín que no he comentado en esta crónica, ya que las vi en viajes anteriores.
P.D.2: Queda todavía una entrada dedicada a los grafitos de Berlín, que pondré en los próximos días.
Junto con el Tiergarten, Treptowerpark es uno de los parques de Berlín de visita obligada.
Fernando, con la bici alquilada para recorrer Treptower Park.
El miércoles habíamos planeado dar una vuelta por Treptower Park (recomendación de Guillermo). Como quedaba un poco lejos y es enorme, decidimos que lo mejor era alquilar una bicicleta. A pesar del calor y de que hacía más de quince años que no montaba en una, fue una buena idea.
Después de desayunar, cogimos el metro hasta Schlesisches Tor y alquilamos un par de bicicletas en una de las primeras tiendas que vimos en la zona (Berlín está lleno de sitio de alquiler de bicicletas, con precios que oscilan entre 8 y 10€/día).
En el parque Treptower hay un monumento muy soviético (por características y dimensiones), que honra a los soldados del Ejército Rojo que lucharon contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Es espectacular por dimensiones y el entorno es una delicia para pasear o para andar en bici.
– El Memorial de Treptowerpark es espectacular por sus dimensiones y por lo “soviético” que es.
Lago del Treptowerpark.
Después de ver el monumento, continuamos en bici hasta el lago que hay en el mismo parque y, a continuación, nos acercamos hasta el Spreepark, un parque de atracciones abandonado que tiene mucho encanto (sólo fotografié la noria porque tenía pocas ganas de saltar la valla, pero podéis encontrar fotos en Internet).
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– La noria del abandonado parque de atracciones Spreepark y una embarcación por el Spree (Treptower Park).
Fuente en Neue Krugallee 4.
Iniciamos el camino de vuelta por la zona del parque que linda con el río, hasta llegar al Badeschiff, la piscina que flota en el Spree y a la que se accede por un pantalán (forma parte de un complejo de ocio nocturno). Como estaba hasta arriba de gente y había cola, aprovechamos para hacer un par de fotos a la escultura de Jonathan Borofsky “Molecule Man” y para buscar un sitio donde comer. Pasamos por el Freischwimmer, un restaurante a orillas de uno de los canales, pero decidimos seguir mirando sitios y, al final, nos decantamos por el restaurante del hotel Michelberger (habíamos mirado el hotel para este viaje, pero al final no nos convenció de todo su ubicación).
La piscina del Badeschiff es un buen lugar para refrescarse cuando aprieta el calor en Berlín (en invierno, la cubren y se convierte en una sauna).
– La escultura Molecule Man en medio del Spree, y el restaurante Freischwimmer, en Vor dem Schlesischen Tor 2a.
Comiendo en el Michelberger.
Después de una típica comida alemana en un patio muy agradable, tomamos el postre en Honolulú, la cafetería del hotel (es, curiosamente, un sitio que me había recomendado Mario sin saber que pertenecía al hotel). Allí estuvios hablando con una camarera española que lleva cuatro años trabajando en Berlín y que nos recomendó el italiano donde iríamos a cenar por la noche.
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– Interior del hotel Michelberger.
Entrada de Honolulu, el bar del hotel Michelberger.
Edificio pintoresco en Falckensteinstraße.
Terminada la sobremesa, pusimos rumbo de nuevo a Schlesisches Tor, cruzando el Oberbaumbrücke, para devolver las bicicletas. Aproveché para fotografiar el edificio de Álvaro de Siza que le gusta a Guillermo y en el que el propio arquitecto, al verlo finalizado, escribió con sus manos en francés en la parte superior: “Buenos días, tristeza”. Por cierto: buscando datos del edificio, encontré este interesante artículo de 2003.
– Dos vistas del Oberbaumbrücke.
“Bonjour, tristesse”.
El inevitable descanso de media tarde.
Bajamos dando un paseo hasta Oranienstraße (pasamos por delante de 1001 Falafel –otra recomendación de Guillermo que no pudimos probar–), entramos en una tienda de vinilos y paseamos por esta y otras calles del barrio de Kreutzberg) y cogimos el metro en Kottbusser Tor para volver al hotel a descansar (obviamente, volvió a tocar terracita y cervezas).
Esta terraza que veíamos desde la del hotel se merecía una foto.
– El metro elevado en Schlesisches Tor y escaparate de una tienda de vinos en la placita de Oranienstraße.
Por la noche volvimos otra vez al barrio de Kreutzberg, para cenar en un italiano muy chulo, Il Casolare, que tiene una terraza frente al Admiralbrücke (hay que ir antes de las 10 para poder cenar en la terraza). En esta zona del canal, la gente se reúne todas las noches a tomar cervezas y hay un gran ambiente.
– Vista desde el Admiralbrücke e interior del restaurante Il Casolare.
Con la cena en Il Casolare y un paseo hasta el metro más cercano terminó el segundo día en Berlín. El jueves iba a comenzar en la isla de los museos, pero eso será material de la tercera parte de la crónica.
P.D.: En el barrio de Kreutzberg, y en general en todo Berlín, los grafitis están al orden del día. Como hice fotos a muchos, he decidido hacer una entrada dedicada a ellos cuando termine la crónica del viaje.
Detalle de la Puerta de Brandemburgo (foto de 2008).
Comienzo hoy a escribir la crónica de mi tercera visita a Berlín, una de las ciudades en las que me gustaría vivir. Decir Berlín es decir bicicletas, parques, terrazas y bares, museos, galerías de arte, tiendas, arquitectura, … Berlín tiene casi de todo (menos aire acondicionado y pago con tarjeta de crédito), aunque normalmente le sobra lluvia y le falta un poco de sol. En este viaje no nos ha faltado sol (un calor casi insoportable por la humedad) y nos ha respetado la lluvia (salvo al final del viaje). Además, aunque ha sido bastante relajado, hemos hecho de todo y, lo más importante, lo hemos disfrutado de verdad.
Antes de empezar con la crónica, os recomiendo algunas cosas. Por una parte, está bien llevar alguna guía. “Cheap & Chic. Berlín a bajo precio“, de Geoplaneta, es una muy buena elección para los que queremos algo práctico: sitios para comer, para salir, para compras, locales de moda y una pincelada de lo más importante (dejando de lado las típicas recomendaciones de las guías clásicas, que suelen ser una mezcla de caspa y de precios desorbitados). También es bueno llevar un mapa y, aunque en todos los hoteles y hostales suelen tener uno gratuito (patrocinado por KaDeWe, que sería el equivalente a los de El Corte Inglés), uno bueno es el Planoguía Berlín (trae información de restaurantes, tiendas, museos, etc.), que tiene un formato genial, aunque se suele quedar corto si nos movemos lejos del centro. Lo que hay que ver obligatoriamente lo podemos encontrar en cualquier web, como en www.visitberlin.de. Otra opción muy completa es Time Out Berlin, aunque prefiero sitios que se salen de lo típico y ofrecen información mucho más interesante, como Unlike City Guides, una referencia casi obligada.
Respecto del transporte, lo mejor es comprar un abono para los días que vayáis a estar en la ciudad, para las zonas A y B. (hay varias opciones). Cubre metro, tren y autobús al aeropuerto de Tegel. Hay una Welcomecard que incluye descuentos en museos, tiendas, restaurantes, etc., pero normalmente no la aceptan en los sitios más interesantes y, además, en los museos el descuento suele ser mínimo y no vale para las exposiciones temporales (las que solemos ver).
Terminadas las recomendaciones, comienzo ya a contaros el viaje, no sin antes advertir que es la tercera vez que voy a la capital alemana, por lo que muchas de las cosas fundamentales, muy probablemente, no las voy a comentar.
DÍA 1: MARTES
Fernando, en la isla de los museos. El Ayuntamiento al fondo e, irremediablemente, también sale la torre de TV.
Llegamos a Berlín a las 12 de la mañana, con Iberia, al aeropuerto de Tegel. Desde allí cogimos el bus hasta el metro, para bajarnos finalmente en Rosenthaler Platz, donde está el Circus Hotel. Era la primera vez que íbamos a este hotel (anteriormente habíamos ido al Novotel Berlin-Mitte, que está muy bien y es del mismo precio o algo más barato), y lo escogimos por la ubicación y por el ambiente (está pensado para gente joven –también tienen hostal y apartamentos–, tiene una terracita muy chula y el trato es muy bueno).
Como era un poco tarde y no encontrábamos el restaurante que nos recomendó la de recepción (Il Due Forni), acabamos en la pizzería La Cucina, que está enfrente del White Trash Fast Food (de este hablaré más tarde). Pizzas decentes y cervezas.
La tarde la dedicamos a dar una vuelta por el barrio de Mitte, que ya conocíamos.
La primera parada del paseo fue delante del Volksbühne Berlin, teatro construido entre 1913 y 1914 bajo diseños de Oskar Kaufmann, con esculturas de Franz Metzner, y reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1950 y 1954, de acuerdo a los diseños de Hans Richter.
El teatro Volksbühne Berlin, en la plaza Rosa-Luxemburg.
Desde el teatro, continuamos por Rosa-Luxemburg-Straße, Münzstraße y Rosenthaler Straße, camino de Oranienburger Straße. Paramos en Hackesche Höfe, una especie de centro comercial y cultural (pequeñas tiendas, cines, restaurantes y un teatro, distribuidos en varios patios interiores) que es monumento histórico.
El centro comercial Hackesche Höfe.
Nueva Sinagoga.
Oranienburger Straße la recorrimos en ambos sentidos (aunque antes nos acercamos hasta la isla de los museos, a la zona donde está el Bode Museum): primero hasta Tacheles (ese miniparque temático de casa “okupa” con artistas que es ya un producto comercial más), parando en la Nueva Sinagoga (un edificio de la segunda mitad del siglo XIX) y en Monbijoupark (uno de los innumerables y excelentes parques de Berlín); y de vuelta haciendo una parada en C/O Berlin, una galería de arte en un precioso edificio del s. XIX que fue Oficina de Correos, donde pudimos ver una exposición de fotografía de Larry Clark.
C/O Berlin, una estupenda galería de fotografía donde siempre hay exposiciones que merecen la pena.
– El museo Bode y un coche pintoresco, aparcado muy cerca del museo.
Terraza del Café Bravo
Después de la exposición, hicimos el camino de vuelta al hotel por una de las calles más interesantes, Auguststraße, en la que hay una serie de cafés y galerías muy interesantes. Paramos en el número 69, donde se encuentra el KW Institute for Contemporary Art y su Café Bravo (típico café de Berlín con terraza en un patio interior). Después fuimos a ME Collectors Room, una galería de arte, tienda y café en la que había una exposición de la colección de juguetes de Selim Varol (el tema principal de su colección es el arte pop y, principalmente, los muñecos de vinilo).
– Entrada al centro de arte KW y grafiti en Tacheles.
– Café y exterior del ME Collectors Room, donde se puede ver la exposición de juguetes de arte de Selim Varol.
Un poco más adelante, también en Auguststraße, está el Clärchens Ballhaus, un curioso local que es salón de baile, restaurante gitano y café con jardín, donde se mezcla gente de todas las edades y condición.
Café-jardín del Clärchens Ballhaus.
El paseo ya se estaba haciendo demasiado largo, así que volvimos hasta el hotel a reponer fuerzas antes de la cena. Subimos a la coqueta terraza del Circus para tumbarnos en unas hamacas con un par de cervezas y disfrutar del atardecer.
Terraza del hotel Circus (obviamente, tenía que salir la torre de TV en la foto)
Para cenar, preguntamos en el hotel a otra recepcionista por un alemán que estuviera bien de precio, fuera chulo y no estuviera muy lejos, Y así, terminamos en Schwarzwaldstuben, en el 48 de Tucholskystraße. Cenamos en la terraza platos alemanes (para ser cocina alemana, no estaba nada mal) y un postre compartido (el único que tenian, pero estaba muy rico).
El restaurante Schwarzwaldstuben, un buen alemán en el 48 de Tucholskystraße.
Tocaba ya retirarse a dormir, porque el miércoles iba a ser un día de parques y bicicleta. Pero eso ya es materia de la segunda parte de la crónica.
Después de casi cuatro días de museos y actividades lúdico-culturales, el lunes habíamos pensado en dedicarlo a compras y a pasear por la ciudad.
La primera imagen de la mañana, bajando hacia el Soho, fue un anuncio en una cabina telefónica. El protagonista de la campaña publicitaria era la rana Gustavo y este era el texto del cartel: “Come moscas. Tiene una cita con una cerda. Estrella de Hollywood”.
Un poco antes habíamos entrado en una tienda de GAP para comprar una sudadera al sobrino de Fer y una camiseta de Flash Gordon (chulísima) a nuestro amigo Antonio.
– Rodaje de “Person of Interest” en Washington Square y vista de la plaza.
Justo al llegar a Wahington Square nos encontramos con el equipo de rodaje de la serie Person of Interest (en las casas de esta plaza se han rodado escenas de muchas películas). La plaza sigue tan bonita como siempre.
– El arco de Washington Square, puerta de la Quinta Avenida, e interior de la tienda Supreme.
Ya en el Soho, fuimos a la tienda de Apple a comprar un iPad, entramos en Kid Robot para buscar un par de regalos (soy fan de los muñequitos de vinilo) y nos dirigimos hacia la zona de Nolita, a la tienda de Supreme, para comprarle una gorra a nuestro amigo Alberto. Allí, en Lafayette Street, se puede ver uno de los mejores grafitos que hay actualmente en Nueva York, obra de D’Face (no os perdáis su web).
“Love Her Hate Him” (D*Face)
Habíamos quedado para comer con Cris y Manuela en Torrisi (un italiano que nos habían recomendado), pero ya estaba cerrado, así que fuimos al local de al lado, The Grey Dog, que fue todo un acierto (unos sándwiches muy ricos).
– Torrisi y The Grey Dog, dos restaurantes en Mulberry Street.
Después de comer nos adentramos en el Lower East Side. Vimos a unos grafiteros en plena acción, alguna tienda curiosa, gente más curiosa aún (a alguno no le sentó muy bien ser fotografiado), y nos dirigimos a Orchard Street, una calle que hay que visitar.
¿Y tú qué miras?
– Los camareros hipster de The Grey Dog y unos grafiteros en plena acción, en el Lower East Side.
Casa de inmigrantes (Tenement Museum)
En Orchard Street está el Tenement Museum (dedicado a las familias que emigraron a Nueva York y se establecieron inicialmente por el Lower East Side) y hay excelentes –aunque caras– tiendas de ropa y cafeterías. Merece la pena entrar en la tienda que hace esquina con Broomer Street y en la cafetería que tiene justo enfrente (con un ventanal chulísimo). También estuvimos en By Robert James (nuestro amigo David conoce al dueño y nos la recomendó).
Ventanal de una cafetería de Orchard Street (esquina con Broomer Street).
– Excelente tienda de ropa (cara) y floristería en Orchard Street esquina con Broomer St., y antiguo mural en Ludlow Street.
No quería dejar de pasar por Ludlow Street, calle famosa, en la que vivió y murió Tim, el hermano de Suzanne Vega, al que dedicó la estupenda canción cuyo título es el nombre de la calle.
Seguimos el recorrido por China Town, nos paramos a ver unas zapatillas en una de las muchas tiendas que hay por la zona y continuamos hasta Clic, una excelente librería de fotografía y galería de arte en la que compré un par de libros (el de Ron Galella está genial).
– Mercadillo en Chinatown.
– Típico aparcamiento de Manhattan y vista del nuevo edificio de Gehry desde Canal Street.
El día estaba llegando a su fin. Nos separamos otra vez en Broadway Street y después fuimos al hotel a recoger a Cristina para ir a cenar a Motorino, una pizzería que la teníamos entre las imprescindibles de Nueva York, pero que ha bajado bastantes enteros (bueno, al menos mereció la pena por la cerveza Porkslap, que tiene un logo que hará historia).
– Cena en Motorino: pizza de coles de Bruselas y cerveza Porkslap.
En este cartel de obra junto a la Zona Cero se pueden ver monigotes de los semáforos decasi todo el mundo.
El martes lo comenzamos en la Zona Cero, donde ya se puede observar una casi terminada Freedom Tower. Aprovechamos para sacarnos unas fotos junto a unos carteles con los monigotes de los semáforos de distintas ciudades del mundo (Fer imitó la portada del disco de Lee Ranaldo) y, después, pasamos por el parque que hay junto al City Hall.
– El rascacielos más alto del mundo (en construcción) y el que lo fue hasta 1930.
– El parque del City Hall, otro más de los estupendos parques de Nueva York.
Bajando hacia Battery Park, entramos en St. Paul’s Chappel (su historia reciente está ligada al atentado del 11 de septiembre de 2001) y en la Trinity Church, dos iglesias que suponen un gran contraste con su entorno y que merecen la pena ser visitadas.
– St. Paul’s Chappel y Trinity Church.
– St. Paul’s Chappel.
Tocaba también ver Wall Street (en ninguna de las anteriores visitas habíamos visto la Bolsa de Nueva York –la verdad es que nunca hemos tenido un especial interés por esa zona de Manhattan–).
Desde allí seguimos bajando, pasando junto a uno de los edificios más antiguos de la ciudad (Fraunces Tavern Museum) y paramos un momento para decansar en el muelle donde se coge el Ferry a la Estatua de la Libertad.
– La Bolsa de Nueva York y Fruances Tavern Museum.
Memorial por los caídos en la guerra de Vietnam.
Continuamos nuestro paseo por delante del impresionante memorial a los caídos en Vietnam y llegamos hasta South Street Seaport, donde paramos de nuevo (Cris y Manuela no podían aguantar sin entrar en A&F).
– Manuela, Cris y Fer posando delante de un ferry y zona de salida del ferry a Staten Island.
Nueva York, ciudad de contrastes.
Para comer decidimos acercarnos a Dumbo. Fuimos al antiguo Dumbo General Store, que ahora se llama Al Mar y está más centrado en comida italiana. La decoración no ha variado mucho y los sándwiches que comimos estaban ricos (aunque no superaron al de roastbeef que nos tomamos el año pasado).
– Comida en el restaurante Al Mar y vista del puente de Brooklyn.
Judíos ortodoxos y el Manhattan Bridge.
Al terminar la comida, era obligado un paseo por Dumbo y el parque del Puente de Brooklyn. Hicimos, como no, la famosa foto del puente de Manhattan y descubrimos con desagrado que han plantado un antiguo tiovivo junto al puente de Brooklyn. Si sólo fuera el tío vivo, a lo mejor hasta quedaba bien, pero han hecho una explanada de hormigón y un cubo horrible de acero y cristal que protege al tíovivo, pero anula las vistas).
Siempre que estoy aquí, me acuerdo del cartel de “Érase una vez en América”.
Tras la visita al parque (coincidimos con muchas familias de judíos ortodoxos), fuimos a The Powerhouse Arena (otra de mis librerías favoritas) y entramos en una nueva tienda de cupcakes, que se llama One Girl Cookies. Como era obligado, volvimos a Manhattan cruzando a pie el puente de Brooklyn, dando así por casi terminado el día.
– Vestíbulo y sala de conciertos del Radio City Music Hall.
Faltaba, nada más y nada menos, el conciertazo de PULP en el Radio City Music Hall, que fue uno de los mejores momentos de este viaje. La sala es impresionante, tanto por su decoración como por su acústica, y nunca habíamos escuchado un concierto con un sonido tan bueno. Fue el mejor broche de un viaje que ya casi llegaba a su fin.
¡ P U L P !
P.D.: Después del concierto, aún tuvimos tiempo de ir a cenar al Shake Shack que está en el distrito de los teatros.
Gitterman Gallery.
Y legó el miércoles, el último día del viaje. Lo aprovechamos para hacer unas últimas compras y para visitar un par de sitios. Entre ellos, la Gitterman Gallery (está en la 75 con Lexington Avenue), donde había una exposición del fotógrafo Adam Bartos. La exposición nos gustó, pero lo que realmente nos encantó fue la propia galería: una casa de dos pisos con un patio ajardinado y unos ventanales impresionantes; un sitio ideal para vivir.
– Los dos pisos de la espléndida Gitterman Gallery.
Después de la exposición de fotografía, nos fuimos hasta la Grand Central Station. Aprovechamos que allí han abierto un nuevo Apple Store (teníamos que comprar un iPad a nuestro amigo Mario) y, de paso, volvimos a disfrutar de la impresionante estación de tren y del Chrysler Building, el rascacielos más bonito de Nueva York.
Chrysler building.
– Interior de la Grand Central Terminal y fachada exterior, con el antiguo edificio de la PanAm a su espalda.
Sala de la Grand Central Terminal.
Quedamos para comer con Cris y Manuela en Torrisi, pero, de nuevo, estaba cerrado. Decidimos ir a Kesté Pizza & Vino, una pizzería que está en Bleecker Street y que es da las buenas de Nueva York. Tras la comida, nos acercamos a nuestra pastelería favorita, Amy’s Bread, que está en la misma calle (dimos buena cuenta de las tartas).
– Kesté y Amy’s Bread, una pizzería y una pastelería de Bleecker street que son de obligada visita.
Y ya no nos quedaba tiempo para mucho más. Manuela pilló un taxi para acercarse a Armani a comprar un traje que había visto el día anterior y nosotros nos fuimos al hotel, andando desde Bleecker Street.
Termina aquí la crónica de nuestro quinto viaje a Nueva York (el más largo y el que se nos ha hecho más corto). Seguro que volveremos más pronto que tarde, pero antes caerá una crónica sobre Berlín, nuestro próximo destino.
Espero que hayáis disfrutado de la crónica y de las fotos y que os pueda servir de guía si decidís visitar una de las ciudades más impresionantes del mundo.
Hotel Cascade Resort, en Lagos (Portugal - Algarve)
Hace ya casi 3 semanas nos fuimos a disfrutar de tres días de vacaciones al Algarve (una de las pocas regiones de Portugal que no conocía) y escogimos un hotel de 5 estrellas que acababa de inaugurarse (había una oferta muy buena en Voyage Privé).
Vista de la praia do Canavial desde lo alto del tortuoso acceso y chalet en la zona de la playa de Porto de Mós.
La habitación del Cascade Resort (fantástica) tenía terraza, vistas al mar y acceso directo a la piscina exterior. Además, a 10 minutos andando estaban la playa do Canavial (salvaje) y la de Porto de Mós, rodeada (a distancia) de resorts –aparte de los 4 kilómetros de playa que tiene Lagos–, apartamentos y chalets de lujo.
Fachada (s. XVI) e interior (s. XIX y s. XX) de la iglesia de Santa María.
Hicimos muy poco turismo (la mayor parte del tiempo estuvimos en la playa, en la piscina o descansando), pero también bajamos un par de noches a cenar a Lagos, un pueblo pequeño y bonito, aunque con muchos turistas.
Os dejo aquí algunas de las fotos que hice el último día del viaje y que, muy probablemente, serán las únicas fotos de vacaciones de verano que pueda colgar este año en el blog.
Ventana de la iglesia de Santa María, Almacén Militar y monumento al Infante Dom Henrique.
Típico buzón de correos, Mercado de Esclavos y Fuerte Ponta da Bandeira.
Murallas de la ciudad y Fuerte Ponta da Bandeira.
Iglesia de Santo Antonio y Clube Artístico Lacobrigense.
Una chica camaleón adopta los colores de las señales de tráfico y unas toallas “turísticas” (si seguís el blog, sabréis de dónde he plagiado esta foto).
Un viejo rocker, un “camello” (mirándome muy mal) y una gitana vendiendo globos.
Una horrible escultura al rey D. Sebastiao y un tiovivo en la plaza Gil Eanes.
Fachada de una panadería.
Una bonita casa en la plaza de Luis de Camoes y una típica calle de Lagos, camino de la Iglesia de Santo Antonio.
Espero que os hayan gustado las fotos (recordad que se pueden ver a mayor tamaño haciendo clic sobre ellas).
En Lagos hay mucho más que ver, pero fue un viaje muy corto (aunque descansamos bien y lo disfrutamos). Habrá que volver en otra ocasión –espero que no sea muy pronto–.
P.D.: Aunque los dos días que cenamos en el pueblo todo estaba muy rico, no conseguimos ir a ninguno de los restaurantes que nos habían recomendado (en Lagos se come muy bien y, en general, bien de precio).
Turistas a punto de cruzar el arco de San Gonzalo, en la muralla de la ciudad de Lagos.
Al antiguo Palacio de Comunicaciones (proyectado en 1904 por Joaquín Otamendi y Antonio Palacios, del que también es el proyecto del Círculo de Bellas Artes), le han lavado la cara. O mucho más que eso, ya que han tirado multitud de tabiques dejándolo casi desnudo. El resultado es el nuevo y flamante Palacio de Comunicaciones, centro cultural (75%) y dependencias de la Alcaldía de Madrid (25%).
Planta 2 (acceso a nivel de calle). Vista de un lateral y zona de lectura.
Aprovechando las jornadas de puertas abiertas, ayer decidí visitar el edificio que, cuando se inaugure oficialmente, tendrá varias salas de exposiciones, un auditorio, un restaurante en la sexta planta, etc.
Señalítica
Lo primero que sorprende al entrar es lo amplio y luminoso que es su interior. Me parece que ha sido muy buena idea tirar tabiques y dejar casi toda la nueva estructura a la vista; eso sí, manteniendo casi todos los elementos originales del edificio. Me ha gustado el contraste de los nuevos ascensores con las antiguas escaleras de caracol de mármol con azulejos en las paredes. También me ha gustado mucho la señalítica y la iluminación (aunque en su mayor parte sea natural).
Techo de cristal y vista desde la quinta planta, con los pasillos-puente.
Exposición fotográfica de las obras de restauración y detalle de las escaleras y azulejos del edificio.
Detalle del techo.
La exposición fotográfica de las plantas 3, 4 y 5, de Muller y Campano, recoge el proceso de rehabilitación del Palacio de Cibeles (es un recorrido en imágenes por los seis años de obras). Va a ser difícil llenar un espacio tan amplio con buenas exposiciones y actividades (no he visto el auditorio, pero imagino que estará al nivel del resto). En la planta -1 hay una muestra interactiva, “Habitantes y Paseantes”, que seguro que divertirá mucho al público en general.
Bóveda de la Galería de Cristal.
Zona de lectura.
También es interesante subir a la torre y mirador, desde donde tenemos una buena vista de la zona de Cibeles (fuente de Cibeles, Banco de España, Círculo de Bellas Artes, Edificio Metrópolis), así como de la impresionante cubierta de la “galería de cristal” del Palacio de Cibeles y de otros edificios de la zona como el Edificio Equitativa.
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Vista de la zona de Cibeles.
Desde el mirador se puede ver el Banco de España, el Círculo de Bellas Artes, el Edificio Equitativa, etc.
Lo que me sorprendió negativamente fue la cantidad de cristales –incluidos peldaños de escaleras– recién instalados y ya rotos (algunos era evidente que los habían colocado ya rotos), elementos con pegatinas de obra, etc. ¿Por qué no han esperado a tener todo rematado para abrirlo al público? Y tampoco me ha gustado mucho el mobiliario de la zona de lectura.
Detalles del exterior del Palacio de Cibeles.
Detalle de ornamental interior y pasillo-puente de la quinta planta.
Os he dejado aquí algunas de las fotos que hice ayer con la cámara compacta, para que os hagáis una idea de cómo ha quedado el edifico. Esperemos que, cuando lo inauguren, el contenido esté a la altura del continente (lo que, sin duda, será complicado).
El 18 de marzo, Cristina, Fernando y yo fuimos a Londres a pasar el fin de semana (era un regalo de Orbyt –avión y hotel–). Fue una visita relajada, sin mucha preparación previa, que paso a comentaros a continuación.
La visita comenzó el viernes por la mañana, después de dejar las maletas en el Hesperia London Victoria (las habitaciones están bastante bien y el hotel está en una zona céntrica, junto a la estación de tren).
Como llovía, decidimos que lo mejor era visitar algún museo, galerías de arte, etc. El primer sitio al que fuimos fue la Alison Jacques Gallery, donde había una exposición de obras de Robert Mapplethorpe (bajo la curaduría de los Scissor Sisters) que no era especialmente brillante. Después nos dirigimos a Charing Cross Road, la calle de las librerías, y subimos a Claire de Rouen Books, una estupenda librería especializada en fotografía, donde me compré America By Car, de Lee Friedlander.
Horse Guards (el cambio de guardia).
Ya era hora de comer, así que nos acercamos al Wagamama de Lexington Street a tomar unos noodles. De postre, qué mejor que unas deliciosas cupcakes de The Hummingbird Bakery (muy ricas, pero caras –y me parece vergonzoso que te cobren un suplemento por tomarlas dentro cuando no tienen mesas–).
Tras la sobremesa, nos dirigimos a la National Portrait Gallery, donde vimos dos exposiciones de fotografía buenísimas: Hoppé Portraits e Ida Kar, Bohemian Photographer. Al salir, como ya empezaba a oscurecer, decidimos ir hasta el hotel dando un paseo por White Hall y Victoria Street (Trafalgar Square, Horse Guards, Big Ben, Westminster Abbey, etc.). Subimos las maletas a la habitación, descansamos un rato y nos pusimos de nuevo camino al centro. Tomamos unas cervezas en un pub que está enfrente del Cambridge Theatre, ya que en unos minutos íbamos a ver el musical CHICAGO (brillante).
Cris con el Big Ben de fondo y la National Portrait Gallery.
Tras el musical, nos fuimos a cenar (menú post-theatre) al restaurante Arbutus, en el que ya habíamos estado en 2009 y del que teníamos muy buen recuerdo. La cena estaba deliciosa, pero lo más entretenido de la noche fue el joven camarero marroquí que estaba aceleradísimo y no paraba de hablarnos. Y después de la cena cogimos un taxi para ir a dormir al hotel (entre el viaje, los paseos y el musical, estábamos muertos).
El sábado amanecimos con un sol radiante, perfecto para lo que teníamos previsto: un largo paseo por el South Bank).
El City Hall y otros edificios del South Bank junto al HMS Belfast.
La Torre de Londres y el “pepino” de Foster. A la derecha, Cris y Fer en el Tower Bridge.
Shad Thames
Empezamos desayunado cerca del hotel y después cogimos el metro hasta la Torre de Londres. Cruzamos el Tower Bridge y visitamos el Design Museum (había una exposición de los Brit Insurance Designs Of The Year, con algunas cosas interesantes). A continuación, empezamos el paseo por esta zona de Londres maravillosamente recuperada, con unas casas preciosas (y carísimas), tiendas de diseño, etc. Pasamos por delante del City Hall, visitamos el Hay’s Wharf (la Hay’s Galleria galería comercial construida a partir de dos edificios que eran antiguos depósitos de especias, con una impresionante bóveda acristalada) e hicimos una parada en el Borough Market.
Dos vistas del Tower Bridge.
Un pub en Gainsford Street y vista del City Hall y el Tower Bridge desde Tooley St.
Design Museum y edificios de oficinas en Tooley St.
Paseando por la zona de Hay’s Wharf y vista de la bóveda de la Hay’s Galleria.
Tienda de quesos (Borough Market).
El Borough Market es un concurridísimo mercado de alimentos (leche, quesos, pescado, carne, fruta, pastelería, productos españoles, etc.) que también tiene una zona dedicada a vinos y, alrededor, muchas tiendas “pijas” como Paul Smith. También visitamos la Southwark Cathedral, que está pegada al mercado y cuyos jardines son utilizados para hacer picnic (el olor a comida era repugnante, la verdad).
Interior de la Southwark Cathedral y tres señoras ¿disfrutando? de la comida del mercado junto a la catedral.
Puestos de venta de pan y leche en el Borough Market.
Un niño en el Borough Market, comprobando si los pescados están vivos.
En bicicleta por Southwark Street.
Desde el Borough Market nos pusimos camino hacia el Shakespeare’s Globe y la Tate Modern (sólo hicimos una visita a la sala de turbinas, pero la instalación de Ai Wei Wei, como no se puede pisar por los problemas que tuvieron con el polvo que sueltan las pipas –parece ser que es nocivo para la salud– resulta decepcionante), y tras pasar por la OXO Tower y Gabriel’s Wharf (tiendas de artesanía, ropa, restaurantes), paramos a comer en una pizzería. Allí se unió al grupo mi amigo Miguel y con él fumos a la feria del queso y del vino que había detrás del Royal Festival Hall, en una plaza del Southbank Centre.
El Shakespeare’s Globe y Cris y Fer con el Millenium Bridge y la catedral de San Pablo al fondo.
Tate Modern (detalle).
Keith Haring dibujando en la acera.
Después de tomar un café (curiosa compra en una feria de queso y vino), nos dirigimos al National Theatre (en la zona había gente bailando breakdance, practicando con el monopatín, etc.), donde vimos Angelheaded Hipsters, una excelente exposición de fotografías de Allen Ginsberg (poeta beat y fotógrafo “oficial” de sus compañeros de generación: Jack Kerouac, William Burroughs, etc.). Así dimos por finalizado el paseo por el South Bank (aunque lo habíamos pensado, al final no fuimos al London Eye –eso que se perdieron los Príncipes, que estaban allí con sus hijas–).
Monopatines, bicicletas y breakdance junto al National Theatre.
Interior del National Theatre, edificio junto a la Tate Modern y Gabriel’s Wharf.
London Eye
Nos despedidmos de Miguel hasta la noche y nos fuimos de compras al Soho (Cris y Fer compraron unas bandoleras muy chulas en Eastpack y yo estuve mirando libros en Magma y muñequitos en Kid Robot). Tras las compras, quedamos de nuevo con Miguel en The John Snow, un pub con muy buen ambiente en la esquina de Broadwick St. con Lexington St., donde nos tomamos unas cervezas.
La noche terminó en Ping Pong, un asiático de moda en el que ya habíamos cenado la anterior visita a Londres, bien de precio y en el que sirven unas “pelotas” deliciosas (dim sum).
Magma Books, en Earlham Street, y un sex shop del Soho.
Puma Concept Store, en Carnaby Street, y Cris y Fer disfrutando de unas cervezas en The John Snow.
Marble Arch
Y ya sólo quedaba la mañana del domingo, que la aprovechamos para dar un paseo por Hyde Park. Salimos por la zona del Speakers’s Corner y Marble Arch. Recorrimos parte de Oxford Street (en Primark había un montón de gente esperando a que abrieran), Audley Street, Brook Street (donde está el Roosvelt Memorial), South Moulton Street (una bonita calle peatonal llena de tiendas caras) y New Bond Street (aquí, las tiendas ya son de lujo), para terminar en un precioso Starbucks –nada que ver con los que estamos acostumbrados a ver– en Conduit Street (necesitábamos una parada técnica).
El domingo comenzó con un paseo por Hyde Park.
Wellington Arch (Hyde Park Corner) y un hombre rezando con las Sagradas Escrituras y una bandera de Israel en sus manos (Spekaers’ Corner).
Tienda de LUSH con un escaparate muy original en Sout Moulton St., y un salón del Starbucks de Conduit St.
Mi plato de Roast Beef.
Finalizamos la visita a Londres comiendo con Miguel en un pub no muy lejos de Notting Hill (Miguel, a ver si puedes decirme el nombre del pub y la calle en la que está), muy animado y muy chulo. Miguel nos llevó en coche de vuelta al hotel para recoger las maletas y ponernos rumbo al aeropuerto (creíamos que no íbamos a llegar a tiempo al vuelo, porque incluso los domingos, el tráfico en Londres es infernal –y el metro, sobre todo el fin de semana, tiene varias líneas cerradas–).
Fernando, Cristina y Miguel en el pub donde comimos el domingo.
Y así acaba el relato de esta cortísima visita a Londres (como comprobaréis, no fuimos a los sitios más típicos, ya que ya habíamos estado en Londres anteriormente). En estos tres enlaces (1, 2, 3) podéis leer la visita que hicimos en 2009, que también está en el blog. Espero que os haya gustado.
Una chica con su perro esperando a una amiga en el pub donde comimos el domingo.
NOTA: Si quieres leer la crónica entera, pincha AQUI.
Un grafitti en el Spanish Harlem, dedicado a Celia Cruz.
La actividad turístico-cultural del domingo empezó en el Spanish Harlem (lo primero que nos encontramos fue un grafitti recordando a la gran Celia Cruz).
En el MCNY (Museo de la Ciudad de Nueva York) había, como casi siempre, unas cuantas exposiciones interesantes: Timescapes (un retrato multimedia de la ciudad de NY, comentado por Stanley Tucci), dibujos de Denys Wortman, Ain’t Nothing Like The Real Thing (la historia del Apollo Theatre) y Glorious Sky (pinturas de Herbert Katzman).
Autorretrato de Herbert Katzman y entrada a la exposición de dibujos de Denys Wortman.
Vestíbulo del MET
Después de la primera parte de la sesión cultural, bajamos por la Quinta Avenida (quiero una casa allí) hasta el Metropolitan, para ver la exposición de fotografías de tres grandes: Stiegliz, Steichen y Strand (por el camino quedaron el Cooper Hewitt y el Guggenheim). Como no había mucho tiempo para hacer otra visita antes de comer, continuamos el paseo cruzando Central Park hacia el Upper West Side, para comer en el Shake Shack que hay en la 77 con Columbus Avenue (unos días después descubrí que en verano de 2010 abrieron otro en el Upper West Side).
El museo Guggenheim y el estanque Turtle helado (Central Park) con The Eldorado al fondo.
Entrada a Central Park a la altura del Guggenheim y vista del Upper West Side desde un helado lago Jaqueline Kennedy Onassis.
The Loeb Boathouse y la fuente Bethesda (Central Park).
El Museo de Historia Natural y una hamburguesa del Shake Shack (¡una obra de arte!)
Finalizada la jornada museística, dimos un pequeño paseo por Madison Avenue y volvimos al hotel a descansar un rato, antes de la cena.
Carlyle Galleries, en Madison Avenue.
Katz's Delicatessen
Cenamos en un italiano del Lower East Side, Luzzo’s, que tiene unas pizzas muy ricas (pero no las mejores de NY –Company y Motorino le superan–).
Al terminar, nos dirigimos al Mercury Lounge –aunque la sala es muy conocida, abrió en 1993 y sólo tiene capacidad para 250 personas–, a ver el mini-concierto de My Teenage Stride (antes, pasamos por delante de Katz’s Delicatessen, famoso por la escena de Cuando Harry encontró a Sally). Al menos nos tomamos unas cervezas y conocimos la sala, porque los grupos que tocaron antes que ellos eran flojillos y la parte de My Teenage Stride no superó los 20 minutos.
Katz’s Delicatessen y Fernando ante una pizza de Luzzo’s.
Con el concierto terminó un domingo que amenazaba nieve, y el lunes amaneció, efectivamente, nevado.
Madison Square Park nevado, con el Empire State al fondo.
Habíamos reservado el día para ir de compras, pero primero nos acercamos hasta el Madison Square Park para hacer algunas fotos (no me negaréis que nevado es precioso).
Madison Square Park: un niño corre hacia su padre por la nieve, y un señor pasea con su perro por delante del Shake Shack (que está a punto de abrir).
Bandera americana hecha con zapatillas, en la tienda de Converse y All Saint Spitalfields (en Broadway St., SOHO).
Clic Gallery and Bookshop
Después fuimos a la zona del Soho y estuvimos en la tienda de Converse, en la de Levi’s, en la Apple Store, en Muji, en Adidas, etc. También nos acercamos a una librería y galería de arte que se llama Clic (255 Centre St.). Allí vimos dos excelentes exposiciones fotográficas y me compré el libro de Richard Avedon“Photographs 1946–2004″ (con dinero y con la espalda en condiciones me hubiera llevado media librería y alguna fotografía).
Exposiciones de fotografía y libros de fotografía y arte en la librería y galería de arte CLIC.
Vista del nuevo edificio de Gehry (8 Spruce Street) desde Centre Street y un grafitti cerca de Porchetta.
Un típico drug store de NY. No son como las tiendas de lujo, pero tienen incluso más encanto.
Se hacía tarde para comer, así que fuimos a tiro fijo: un plato o un bocadillo de cerdo asado de Porchetta es un placer exquisito (la cerveza, como siempre, la compramos en la tienda de la esquina porque no tienen licencia para vender alcohol). Y después, para el postre, sólo hay que cruzar la calle y entrar en Butter Lane Cupcakes (gracias, Isa, por la recomendación).
Si vas a NY, no puedes perderte un bocadillo de Porchetta…
…ni una deliciosa cupcake de Butter Lane.
Un grafitti en Alphabet City.
Para bajar la comida, paseamos por Alphabet City. Es uno de los barrios más auténticos de Manhattan, de emigración principalmente hispana, en el que están surgiendo desde hace muy pocos años, locales muy interesantes (tiendas, restaurantes, cafeterías). Allí está el mítico Nuyorican Poets Café, el restaurante Casa Adela (66 Ave. C), el Tompkins Square Park y muchos buenos grafittis (el famoso de Joe Strummer entre ellos).
El famoso grafitti de Joe Strummer está al lado del Tompkins Square Park, el pulmón de Alphabet City.
En realidad, más que grafittis, lo de Alphabet City son murales.
El famoso Nuyorican Poets Café y un mural (la Avenida C también se denomina LOISADA, derivación de la pronunciación de “Lower East Side” por parte de los hispanos).
Y, como todo los días, llegó el rato de descanso en el hotel y la cena. En esta ocasión, aprovechamos la NY Restaurant Week y reservamos en Gusto, un muy buen italiano en el 60 de Grennwich Ave. (caro en condiciones normales) al que fuimos con Aída y Dani.
El martes tocaba Coney Island, Dumbo, un musical, …, pero eso lo contaré en la cuarta y última entrega de la crónica.
Estatua del Teniente de Infantería Jacinto Ruiz, en la Plaza del Rey (Madrid).
La semana pasada, mientras estaba dando un paseo por el centro, decidí hacer unas fotos por la zona de la plaza del Rey (entre Infantas y Barquillo), ya que quería hacer un retrato en esa zona. Al final, lo que iba a ser un borrador para un retrato se convirtió en un minirreportaje de la plaza. Intentaré hacer más fotos del centro de Madrid estos días, aunque tengo otro proyecto en mente que me llevará bastante tiempo (ya os iré contando).
Otra perspectiva de la estatua y vista de la parroquia de San Joaquín con Minerva al fondo (Círculo de Bellas Artes).
La estatua que sale en dos de las fotos es del Teniente de Infantería Jacinto Ruiz, héroe del 2 de Mayo. De Minerva, y de las vistas desde la azotea del Círculo de Bellas Artes, tenéis más fotos en esta entrada del blog.
Espero que os gusten las fotos.
La calle Infantas, a la altura de la Plaza del Rey.