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Beaumarchais, Carmen Conesa, Constantino Romero, David Mamet, Flotats, madrid, María Adanez, Matadero, Mauro Armiño, Naves del Español, Raúl Arévalo, Ramón Barea, Richard Collins-Moore, Sacha Guitry, Teatro, Teatro Español
El sábado por la tarde fuimos a ver Beaumarchais, la nueva propuesta de Flotats en el Teatro Español (íbamos a ir la semana anterior, pero suspendieron las funciones por “problemas técnicos”). Tenía la casi plena seguridad de que me iba a gustar y, por eso, me planteé los motivos por los que las obras que dirige Flotats suelen ser un mecanismo perfectamente engranado.
Flotats es un gran actor, un excelente director y, sobre todo, elige unos textos francamente buenos. Un punto muy importante es que, aunque las historias pueda tener algún altibajo, los personajes pricipales tienen una vida tan fascinante que suplen cualquier pequeño problema que pueda haber en la representación.
Y así ocurre con este Beaumarchais, personaje fascinante que fue relojero, escritor, dramaturgo (Las bodas de Fígaro y El barbero de Sevilla son dos de sus obras más famosas), editor, músico, político, negociante, espía, armador de barcos, etc., etc. Un personaje así –con un texto bien hilvanado como el de Sacha Guitry (traducido por Mauro Armiño)–, hace difícil que el resultado no sea bueno.
La puesta en escena es, cuando menos, curiosa: la iluminación (de Vinicio Cheli), como en las anteriores representaciones que he visto de Flotats, es sencilla, pero magnífica (esa luz de la ventana de la cárcel proyectada sobre el suelo junto a un Beaumarchais preso y moviéndose para indicar cómo van pasando los días de su reclusión es un recurso buenísimo); y los decorados (escenografía de Ezio Frigerio y Massimo Listri) son proyecciones sobre el fondo del escenario, cubriéndolo completamente (perspectivas de las habitaciones donde se desarrollan los hechos e imágenes de un libro para presentarnos cada escena y, de un modo muy logrado, mostrarnos también el paso del tiempo). No debo de dejar de comentar el magnífico vestuario, de Franca Squarciapino, cuidado hasta el último detalle.
El otro punto fundamental, junto a lo comentado anteriormente, son los actores (32 nada más y nada menos), que están impecablemente dirigidos por Flotats. Personalmente destacaría (aparte de a Josep-Maria Flotats) a Richard Collins-Moore (especialmente en su papel de ama de llaves inglesa), a Ramón Barea (como Luis XV), a Carmen Conesa y a Raúl Arévalo, aunque los demás (Constantino Romero, María Adánez, etc.) están a un gran nivel también.
En definitiva, un gran espectáculo teatral que merece la pena ir a ver. Quizá no llegue al nivel de La cena y quizá tengan razón aquellos que dicen que es un texto demasiado didáctico (aunque para mí lo didáctico del texto es más bien un punto a su favor, al igual que esos toques de vodevil de alguna de sus escenas), pero, en conjunto, es una de las mejores obras que he visto este año en Madrid.
La siguiente obra que quiero ir a ver es RAZAS, lo nuevo de David Mamet que han estrenado en el Matadero (Naves del Español). Dirige Juan Carlos Rubio y los actores son Toni Cantó, Bernabé Rico, Emilio Buale y Montse Plá. ¡Ah, y Avenue Q para FIn de Año!


El pasado sábado tuve la oportunidad de ver en el 





El sábado fui al 

Pero lo mejor de la semana (y de mucho mucho tiempo) fue la película que vi el domingo. 
Después de haber visto la obra, tengo que decir que lo que pone el tríptico es lo que os vais a encontrar: dos magníficas interpretaciones de Flotats y del joven Albert Triola (que también borda su papel). Por medio de una perfecta modulación de la voz (no vendría mal que Adán Black se diera una vuelta por el Teatro Español estos días), los dos filósofos exponen sus ideas pasando de la apacible charla a la confrontación, la ironía, la pasión. Juega también un papel esencial la escenografía (con cuatro elementos consiguen el ambiente preciso para el desarrollo de la entrevista) y, sobre todo, la iluminación que, tan sencilla como parece, llena la escena y crea el ambiente.
Llama un inspector es una brillante obra del dramaturgo inglés J.B. Priestley (1894–1984), que se estrenó en Londres en 1946. La obra, que en principio parace un thriller con toques de comedia costumbrista, presenta a una familia de la aristocracia industrial británica que, cuando celebra la pedida de mano de su hija, recibe la visita de un inspector que investiga el suicidio de una joven humilde. Pero Llama un inspector mucho más que eso y sorprende al espectador con una estructura lograda por un muy interesante tratamiento del tiempo escénico.
Me ha sorprendido especialmente Concha Cuetos, que está sencillamente fantástica. José Luis Pellicena, como el inspector, también está a una gran altura (en la representación que vi, se quedó en blanco un momento, pero gracias a Concha Cuetos, salió del paso casi sin que se notara) y Paco Valladares es el de los mejores momentos (aunque reconozco que es fácil amarlo u odiarlo indistintamente). En los demás papeles, cumplen su cometido a buen nivel Iván Gisbert, Lola Manzanares, Guillermo Muñoz y Olga García.
La obra que se representa actualmente en el Teatro Lara, escrita por J.P. Miller’s, en versión de Owen Mcafferty y adaptada por David Serrano, tenía la difícil papeleta de que iba a ser comparada con la espléndida película de Blake Edwards; y no sale precisamente bien parada. No me ha gustado la “puesta al día” del argumento, la escenografía tampoco me ha convencido y, siento decirlo, los actores tampoco están a la altura que se podía esperar de ellos (especialmente Carmelo Gómez, al que recuerdo en su excelente trabajo en La Cena, junto a Flotats –y dirigido por Flotats–). Y creo que el problema principal es la directora,
La próxima semana le tocará el turno a 


Como ya he comentado, Santiago Ramos está excepcional, y Ana Labordeta y Jesús Alcaide bordan también sus papeles (juraría que Ana estaba resfriada de verdad y Jesús Alcaide está impagable como representante de la Asociación Nacional del Pavo y de los Derivados del Pavo). Rodrigo Poisón casi no tiene tiempo de demostrar nada (un papel que dura muy pocos minutos al final de la obra), pero cumple muy bien su cometido, y Cipriano Lodosa está, desde mi punto de vista, algo sobreactuado, poco natural (es quizá el único “pero” que le pondría a la obra).
Como ya he comentado anteriormente, el pasado miércoles fui al ensayo general de La Vida Es Sueño, invitado por Pedro Manuel Víllora. Esta versión de la obra de Calderón de la Barca, representada por la Compañía Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid, que se estrenó anteayer en el Teatro Albéniz, está dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente. El texto de Calderón está adaptado, brillantemente, por Pedro Manuel Víllora.
Víllora (Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca, Premio Sial de Poesía, Premio de Teatro Rojas Zorrilla), que es vicedirector de la
Son casi dos horas (las dos versiones que vi anteriormente duraban cerca de las 3 horas –una de 1996 con Pedro Mari Sánchez y versión de José Sanchís Sinisterra que estaba bastante bien, y otra de 2000, perfectamente olvidabe, con dirección, versión y escenografía de Calixto Bieito–) de entretenimiento, emoción, de buen teatro.
Hay algún elemento como el anacronismo de los soldados vestidos de antidisturbios que, para mí, no aporta nada y chirría un poco –distrae de la obra– o la escena “gay” de los criados, que plásticamente está muy bien, pero que tampoco me convenció en el conjunto de la obra. Por lo demás, la dirección de actores es muy buena y me sorprendió muy positivamente la coreografía (
Fernando Cayo (Segismundo), al que ya vi anteriormente con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, hace un esfuerzo descomunal para desarrollar su personaje y, aunque quizá esté un pelín sobreactuado, merece con creces el aplauso que recibió del público. Chete Lera (Rey Basilio) está también muy bien en su papel, al igual que el resto de actores.
Pero quiero destacar especialmente a Ana Caleya, que hace una Rosaura fantástica (del RESAD han salido muy buenos actores). También quiero comentar que los actores declaman muy bien el verso de Calderón (que no es nada fácil).



Así que, mañana miércoles, toca teatro: iré con Cristina al ensayo general de La Vida Es Sueño, en versión de Pedro Manuel Víllora y dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente (interpretada, entre otros, por Fernando Cayo y Chete Lera –Compañía Siglo de Oro–). No estoy seguro, pero quizá sea la última obra que se va a representar en el