Esta entrada del blog es, de alguna manera, el cierre de la crónica del viaje a Berlín de 2012. He reunido las mejores fotos de grafitos que hice en esta ocasión. Seguro que los hay mucho mejores y más interesantes, pero aquí están los que me encontré en los muchos paseos que dimos por la ciudad. Espero que os gusten.
Grafito en Cuvrystraße.
Grafito en Cuvrystraße.
Grafito en Oberbaumstraße, junto al Watergate.
Grafito en Manteuffelstraße.
Grafito en Oranienstraße.
– Grafitos (uno cercano a la zona de Monjiboupark y el otro en Brunnenstraße.
Vista de la Neue Nationalgalerie y de la Sankt Matthäuskirche (detrás, entre el museo y la escultura).
DÍA 5: SÁBADO
– Cafetería y jardín en el pequeño patio interior del hotel Circus.
Para el sábado no teníamos ningún plan especial, excepto la cena (habíamos reservado en el White Trash Fast Food). Desayunamos tranquilamente en el pequeño jardín interior del hotel y depués cogimos el metro hasta Potsdamer Platz, para visitar la Neue Nationalgalerie.
– Edificio de Potsdamer Platz y escultura de Keith Haring es Eichhornstraße.
Iglesia de San Mateo.
Filarmónica de Berlín.
En el paseo hasta el museo, pasamos junto a una escultura de Keith Haring, vimos el exterior de la Filarmónica, nos paramos a fotografiar la iglesia de San Mateo y, finalmente, después de hacer unas cuantas fotos al fantástico edificio de Mies Van Der Rohe, entramos en la Neue Nationalgalerie (no fuimos a los demás museos del Kulturforum porque ya los había visitado en una ocasión anterior, pero también merece la pena hacerles una visita).
Neue Nationalgalerie.
No voy a hablar aquí del edificio de Mies Van Der Rohe, pero quiero decir tan solo que por disfrutar de él ya merece la pena la visita. Se entra al museo por el piso superior, que está dedicado a instalaciones, y desde él se accede al piso inferior, donde se hallan las salas de exposiciones, el café, la librería y un jardín en el que están las esculturas.
– Neue Nationalgalerie. Vista del exterior y de la planta superior y acceso a las salas.
– Hall principal de la planta inferior (entrada a las salas de la exposición temporal) y vista del jardín desde el interior.
La colección de la Neue Nationalgalerie está centrada en el arte del siglo XX, y en esta ocasión pudimos ver “Divided Heaven. The Collection. 1945–1968“, segunda de tres exposiciones que recogen la colección del museo dividida por épocas. Disfrutamos de esculturas y pinturas de Picasso, Warhol, Max Lingner, Hockney, etc.
Tres vistas de la escultura de Duane Hanson “Policeman and Rioter” (1967).
“Woman in love” (1947), de Max Lingner.
Bauhaus Archiv.
Después de la visita a la Neue Nationalgalerie, como no quedaba muy lejos, dimos un paseo hasta el Bauhaus Archiv, cuyo interesantísimo edificio es obra de Walter Gropius. El museo muestra la influencia de la escuela Bauhaus en la arquitectura, el diseño y el arte. En un viaje anterior hicimos un recorrido muy interesante por el Tiergarten, entrando al parque por la avenida cercana al Reichstag y terminando en el Bauhaus Archiv, después de ver varias embajadas que están en Klingelhöferstraße).
Bauhaus Archiv.
Terraza del Einstein.
Como ya casi era hora de comer, decidimos poner rumbo a uno de los cafés más bonitos y típicos de Berlín, el Einstein, que está en Kurfürstenstraße 58. Comimos en la terraza del café, lo que fue una mala idea porque las avispas no nos dejaron en paz ni un solo momento (la comida estuvo muy bien, y bien de precio). De todos modos, el calor sofocante que hacía en Berlín tampoco aconsejaba comer en los salones del café.
– Salones del café Einstein.
Aeropuerto de Tempelhof.
Después de comer dimos otro paseo por la zona y cogimos el metro para visitar el parque que han hecho en las antiguas pistas del aeropuerto de Tempelhof. Por extensión debe de ser de los más grandes del mundo, pero le falta mucho para ser un parque de verdad. Nos pegamos una buena caminata por la zona más cercana a las instalaciones del aeropuerto y después cogimos el metro de vuelta a la zona del hotel (antes del merecido descanso previo a la cena, tomamos un café en el patio de Gestalten y volvimos andando hasta el hotel por Gipsstraße y Rosenthaler Straße).
“Hold for FOLLOW ME or RTF instructions”.
– No sé si me gustan más las tiendas tan curiosas que hay en el barrio de Mitte o los carteles de las mismas.
El sitio donde fuimos a cenar la noche del sábado lo tenía apuntado en mi libreta de Berlín desde la visita anterior, pero no habíamos llegado a ir. En esta ocasión, curiosamente, pasamos el primer día por delante de él y pensamos que era el típico chino. White Trash Fast Food engaña con su fachada de restaurante oriental y su extraño nombre, pero, al entrar, te llevas la gran sorpresa: una hamburguesería estilo Hard Rock Café, aunque mucho más auténtica, con buen ambiente y con una zona para conciertos en el sótano. Con esta buena cena estilo americano se terminaba el sábado. El domingo era el último día de las vacaciones berlinesas, así que había que aprovecharlo bien.
– Exterior e interior del restaurante White Trash Fast Food.
DÍA 6: DOMINGO
Estanque en Volkspark, un parque a medio camino entre el hotel Circus y el mercadillo de Arkonaplatz.
Fer y su fritz-kola.
Aprovechamos la mañana del domingo, después de hacer las maletas y de desayunar, para ir a curiosear por dos mercadillos. El primero de ellos, el de Arkonaplatz, está dedicado principalmente a los muebles, aunque se pueden encontrar también relojes, objetos para la casa, etc. El segundo, en Mauerpark, es muchísimo más grande y está lleno de gente (puedes encontrar de todo: cazadoras, cámaras de fotos antiguas, relojes, muñecos, carteles, …). Como siempre, si no vas a primera hora, la probabilidad de encontrar algo interesante es muy pequeña. Nuestra gran compra fueron unos clicks de Famobil
– Dos puestos en el mercadillo de Arkonaplatz.
Después de pasear por los dos mercadillos, nos dirigimos al aeropuerto de Tempelhof, ya que queríamos aprovechar una visita guiada que hay los fines de semana para verlo por dentro (antes habíamos parado en el café Rosalyn para refrescarnos con una fritz-kola).
Terminal del aeropuerto de Tempelhof.
El aeropuerto de Tempelhof se cerró hace pocos años. Tenía grandes pérdidas y en Berlín no sabían qué hacer con tres aeropuertos. Aunque era el más céntrico de los tres, la imposibilidad de hacer más pistas o hacer más grandes las existentes hizo que se tomara la decisión de cerrarlo. Actualmente se alquilan algunas zonas del aeropuerto para fiestas y eventos como la Fashion Week y algunas oficinas también están alquiladas, pero gran parte del aeropuerto está vacío.
La experiencia de la visita guiada fue, digamos, curiosa. Ya íbamos avisados después de haber intentado comprar entradas en la web y comprobar que solo era posible si tenías una cuenta en un banco alemán (no se podía con tarjeta de crédito). Llegamos al aeropuerto, a la puerta donde debía comenzar la visita, y estuvimos esperando con más gente (casi todos alemanes) a que apareciera alguien. Unos minutos después de la hora de inicio de la visita, apareció un señor mayor con una carpeta vieja de cartón azul y gomas y un manojo de llaves. Abrió la puerta y nos pasó a un pequeño hall donde, con papel y bolígrafo, fue apuntando nuestros datos y cobrándonos la entrada (había que pagar en efectivo y con cambio, ya que el señor utilizaba su cartera como caja registradora).
Tras la experiencia inicial, que tuvo lugar en una sala con una temperatura casi insoportable, el señor dio una charla de ¡20 minutos! (y en alemán, ya que no sabía otro idioma) antes de dejarnos ver otra zona del aeropuerto. Como el sistema de charlas largas era el empleado por el vejete para enseñarnos el aeropuerto, siempre que pude me desmarqué para hacer fotos del edificio y las instalaciones, que era lo realmente interesante (una vez casi me quedé encerrado en una sala y tuve que aporrear una puerta para que volvieran a por mí).
La visita se estaba haciendo interminable (por las charlas) y vivimos situaciones esperpénticas como la de la foto que para mí es la mejor que he hecho en el viaje: casi todo el grupo de la visita, en una sala con las paredes derruidas, mirando una foto gigante del aeropuerto como si estuvieran viendo un cuadro del museo del Prado (mientras el señor mayor volvía a soltar un discurso casi interminable).
Como ya habíamos visto casi todo lo interesante (nos sorprendió que el aeropuerto tuviera una cancha de baloncesto y nos hizo gracia la cafetería tan 70s) y se estaba haciendo tarde –teníamos que comer, recoger el equipaje e ir en bus al aeropuerto–, hablamos (con ayuda) con el guía para que nos dejara escaparnos. Así, bajo una tremenda tromba de agua (era la primera vez que nos llovía en el viaje), corrimos hasta la estación de metro más cercana y nos dirigimos al hotel. Comimos, cogimos las maletas, fuimos hasta la parada de bus y, por fin, llegamos a Tegel, punto final de este estupendo viaje a Berlín que, seguro, no será el útlimo.
Vista del aeropuerto de Tempelhof desde la terraza del mismo.
P.D.: Hay muchas cosas fundamentales de Berlín que no he comentado en esta crónica, ya que las vi en viajes anteriores.
P.D.2: Queda todavía una entrada dedicada a los grafitos de Berlín, que pondré en los próximos días.
Escultura de ¿Diana cazadora? en la isla de los museos (en el jardín entre la Galería Nacional y el Neues Museum).
DÍA 3: JUEVES
Busto de Nefertiti
En las dos ocasiones anteriores que estuve en Berlín pude disfrutar de casi todos los excelentes museos que hay en la “isla de los museos”, pero el Neues Museum siempre estaba en obras.
Esta nueva visita me daba la oportunidad de disfrutar del contenido (nueva casa del Museo Egipcio, de la colección de papiros y del Museo de Prehistoria, así como de antigüedades clásicas) y del continente (el museo sufrió daños en la II Guerra Mundial –el arquitecto que lo diseñó fue Friedrich August Stüler– y David Chipperfield ha realizado una reconstrucción impresionante).
– Exterior del Neues Museum y de la Galería Nacional (Isla de los Museos).
Comenzamos la mañana del jueves en la isla de los museos, para ver el Neues Museum (sí, donde está el busto de Nefertiti). Por suerte, estaba casi vacío y pudimos ver todas las salas con tranquilidad, disfrutándolo como pocas veces.
– Entrada al Neues Museum y uno de los patios.
La reforma/reconstrucción del Neues Museum de David Chipperfield es magnífica.
– Salas del renovado Neues Museum.
– Esculturas y detalle de bóveda del Neues Museum.
Museo de Historia
Tras la visita al Neues Museum, decidimos recorrer Unter den Linden, el bulevar que es centro neurálgico de Berlín (al menos cultural y turísticamente). Pasamos por el Museo de Historia (la ampliación de I. M. Pei es uno de los edificios de Berlín que más me gustan), el edificio neoclásico de la Nueva Guardia (de Friedrich Schinkel, dedicado a las víctimas de las guerras y las dictaduras, que tiene en su interior –sobrecogedor– una Piedad obra de Käthe Kollwitz), la universidad Humboldt y la ópera (edificios junto a la Bebelplatz), la embajada de Rusia, etc., hasta llegar a la Puerta de Brandemburgo (final de Unter den Linden y entrada al espectacular Tiergarten, uno de los parques imprescindibles de Berlín).
– La universidad Humboldt y la sala de la Nueva Guardia con la Piedad en el centro.
La Piedad, de Kollowitz.
Allí, aparte de la famosa Puerta, está el DZ Bank, obra de Frank O. Gehry (hay que entrar en el hall y ver la escultura-puente-cubierta que lo preside).
Gehry nunca deja indiferente (DZ Bank)
Desde la puerta de Brandemburgo, seguimos el paseo hacia Potsdamer Platz, para continuar hasta el museo Martin-Gropius-Bau, diseñado y construido en el XIX por Martin Gropius y Heino Schmieden, que se encuentra ubicado en la Stresemannstraße. Allí pudimos disfrutar de una de las mejores exposiciones de fotografía que he visto (por lo amplia en contenido, lo bien montada y la información tan completa que se ofrece): la de Diane Arbus.
– Detalle de Potsdamerplatz y un curioso anuncio en la zona (el trabajador es un muñeco).
– Interior del Martin-Gropius-Bau y la excelente librería del museo (donde me compré “Avedon: Murals & Portraits”).
– Fachada principal del Martin-Gropius-Bau.
Parlamento Prusiano.
Tras la expo de Diane Arbus –para algo sirven las buenas guías–, cruzamos al edificio de enfrente, el Parlamento Prusiano, en el que hay una cantina para los empleados y diputados, pero a la que se puede acceder libremente (pasando el control de seguridad, claro). La comida es alemana (y ya sabéis que no son famosos por su buena cocina), pero está bien y es bastante barato.
Vista de la parte del muro de Berlín que se conserva junto a “Topografía del Terror”, con la Hacienda alemana al fondo.
Después de comer, pasamos por Topografía del Terror, centro de documentación donde estaban antiguamente los cuarteles centrales de la Gestapo y las SS, y donde todavía se puede observar una parte del antiguo muro tal y como era (los turistas siempre prefieren los murales del East Side).
GSW Headquarters.
Berlinische Galerie.
Seguimos el paseo por el barrio de Kreuzberg hasta la sede de GSW, un edificio espectacular diseñado por Sauerbruch Hutton architects. Desde allí seguimos hasta la Galería de Berlín (un museo de arte moderno, centrado bastante en fotografía), y aprovechamos la plaza de entrada al museo para descansar un rato en unas tumbonas de tela y madera.
Como el día estaba resultando bastante intenso, decidimos poner rumbo a Moritzplatz, para coger el metro hasta el hotel. Antes de bajar las escaleras del metro, decidimos hacernos unas fotos en un Photoautomat, esos fotomatones antiguos (las fotos son en blanco y negro) que hay por todo Berlín (son otra atracción turística).
– El parque de la Wasserturm es un sitio perfecto para ir al atardecer a tomar unas cervezas con la pareja o con los amigos.
Zionskirche, en Prenzlauer berg.
Después de descansar un rato en el hotel, fuimos al barrio de Prenzlauer Berg, al parque donde está la Wasserturm, el depósito de agua más antiguo de Berlín, en activo hasta 1952 y que tiene una historia tras de él muy interesante (actualmente son apartamentos, pero fue incluso campo de concentración en 1933). Paseamos por el barrio, que tiene cafés tan chulos como el Wohnzimmer (visitamos alguna tienda de diseño, tomamos unas cervezas en una terraza, …) y, finalmente, nos fuimos hasta el parque Weinberg. En lo alto del parque está el restaurante suizo Nola, un sitio para disfrutar de la comida, del diseño de su interior y de su estupenda terraza con vistas al parque.
– Edificio del Impala Coffee e interior del Wohnzimmer, en Prenzlauer berg.
El restaurante suizo NOLA es un sitio fantástico para una cena al atardecer.
– La terraza del restaurante suizo NOLA, con una espléndida vista del parque Weinberg.
Así terminaba nuestro tercer día en Berlín. El viernes comenzaría en un palacio, pero eso ya es parte de la próxima crónica.
P.D.: La foto del busto de Nefertiti la hice durante mi primer viaje a Berlín (noviembre de 2007) y la del café Wohnzimmer en el segundo. Todas las demás son de 2012.
Junto con el Tiergarten, Treptowerpark es uno de los parques de Berlín de visita obligada.
Fernando, con la bici alquilada para recorrer Treptower Park.
El miércoles habíamos planeado dar una vuelta por Treptower Park (recomendación de Guillermo). Como quedaba un poco lejos y es enorme, decidimos que lo mejor era alquilar una bicicleta. A pesar del calor y de que hacía más de quince años que no montaba en una, fue una buena idea.
Después de desayunar, cogimos el metro hasta Schlesisches Tor y alquilamos un par de bicicletas en una de las primeras tiendas que vimos en la zona (Berlín está lleno de sitio de alquiler de bicicletas, con precios que oscilan entre 8 y 10€/día).
En el parque Treptower hay un monumento muy soviético (por características y dimensiones), que honra a los soldados del Ejército Rojo que lucharon contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Es espectacular por dimensiones y el entorno es una delicia para pasear o para andar en bici.
– El Memorial de Treptowerpark es espectacular por sus dimensiones y por lo “soviético” que es.
Lago del Treptowerpark.
Después de ver el monumento, continuamos en bici hasta el lago que hay en el mismo parque y, a continuación, nos acercamos hasta el Spreepark, un parque de atracciones abandonado que tiene mucho encanto (sólo fotografié la noria porque tenía pocas ganas de saltar la valla, pero podéis encontrar fotos en Internet).
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– La noria del abandonado parque de atracciones Spreepark y una embarcación por el Spree (Treptower Park).
Fuente en Neue Krugallee 4.
Iniciamos el camino de vuelta por la zona del parque que linda con el río, hasta llegar al Badeschiff, la piscina que flota en el Spree y a la que se accede por un pantalán (forma parte de un complejo de ocio nocturno). Como estaba hasta arriba de gente y había cola, aprovechamos para hacer un par de fotos a la escultura de Jonathan Borofsky “Molecule Man” y para buscar un sitio donde comer. Pasamos por el Freischwimmer, un restaurante a orillas de uno de los canales, pero decidimos seguir mirando sitios y, al final, nos decantamos por el restaurante del hotel Michelberger (habíamos mirado el hotel para este viaje, pero al final no nos convenció de todo su ubicación).
La piscina del Badeschiff es un buen lugar para refrescarse cuando aprieta el calor en Berlín (en invierno, la cubren y se convierte en una sauna).
– La escultura Molecule Man en medio del Spree, y el restaurante Freischwimmer, en Vor dem Schlesischen Tor 2a.
Comiendo en el Michelberger.
Después de una típica comida alemana en un patio muy agradable, tomamos el postre en Honolulú, la cafetería del hotel (es, curiosamente, un sitio que me había recomendado Mario sin saber que pertenecía al hotel). Allí estuvios hablando con una camarera española que lleva cuatro años trabajando en Berlín y que nos recomendó el italiano donde iríamos a cenar por la noche.
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– Interior del hotel Michelberger.
Entrada de Honolulu, el bar del hotel Michelberger.
Edificio pintoresco en Falckensteinstraße.
Terminada la sobremesa, pusimos rumbo de nuevo a Schlesisches Tor, cruzando el Oberbaumbrücke, para devolver las bicicletas. Aproveché para fotografiar el edificio de Álvaro de Siza que le gusta a Guillermo y en el que el propio arquitecto, al verlo finalizado, escribió con sus manos en francés en la parte superior: “Buenos días, tristeza”. Por cierto: buscando datos del edificio, encontré este interesante artículo de 2003.
– Dos vistas del Oberbaumbrücke.
“Bonjour, tristesse”.
El inevitable descanso de media tarde.
Bajamos dando un paseo hasta Oranienstraße (pasamos por delante de 1001 Falafel –otra recomendación de Guillermo que no pudimos probar–), entramos en una tienda de vinilos y paseamos por esta y otras calles del barrio de Kreutzberg) y cogimos el metro en Kottbusser Tor para volver al hotel a descansar (obviamente, volvió a tocar terracita y cervezas).
Esta terraza que veíamos desde la del hotel se merecía una foto.
– El metro elevado en Schlesisches Tor y escaparate de una tienda de vinos en la placita de Oranienstraße.
Por la noche volvimos otra vez al barrio de Kreutzberg, para cenar en un italiano muy chulo, Il Casolare, que tiene una terraza frente al Admiralbrücke (hay que ir antes de las 10 para poder cenar en la terraza). En esta zona del canal, la gente se reúne todas las noches a tomar cervezas y hay un gran ambiente.
– Vista desde el Admiralbrücke e interior del restaurante Il Casolare.
Con la cena en Il Casolare y un paseo hasta el metro más cercano terminó el segundo día en Berlín. El jueves iba a comenzar en la isla de los museos, pero eso será material de la tercera parte de la crónica.
P.D.: En el barrio de Kreutzberg, y en general en todo Berlín, los grafitis están al orden del día. Como hice fotos a muchos, he decidido hacer una entrada dedicada a ellos cuando termine la crónica del viaje.
Detalle de la Puerta de Brandemburgo (foto de 2008).
Comienzo hoy a escribir la crónica de mi tercera visita a Berlín, una de las ciudades en las que me gustaría vivir. Decir Berlín es decir bicicletas, parques, terrazas y bares, museos, galerías de arte, tiendas, arquitectura, … Berlín tiene casi de todo (menos aire acondicionado y pago con tarjeta de crédito), aunque normalmente le sobra lluvia y le falta un poco de sol. En este viaje no nos ha faltado sol (un calor casi insoportable por la humedad) y nos ha respetado la lluvia (salvo al final del viaje). Además, aunque ha sido bastante relajado, hemos hecho de todo y, lo más importante, lo hemos disfrutado de verdad.
Antes de empezar con la crónica, os recomiendo algunas cosas. Por una parte, está bien llevar alguna guía. “Cheap & Chic. Berlín a bajo precio“, de Geoplaneta, es una muy buena elección para los que queremos algo práctico: sitios para comer, para salir, para compras, locales de moda y una pincelada de lo más importante (dejando de lado las típicas recomendaciones de las guías clásicas, que suelen ser una mezcla de caspa y de precios desorbitados). También es bueno llevar un mapa y, aunque en todos los hoteles y hostales suelen tener uno gratuito (patrocinado por KaDeWe, que sería el equivalente a los de El Corte Inglés), uno bueno es el Planoguía Berlín (trae información de restaurantes, tiendas, museos, etc.), que tiene un formato genial, aunque se suele quedar corto si nos movemos lejos del centro. Lo que hay que ver obligatoriamente lo podemos encontrar en cualquier web, como en www.visitberlin.de. Otra opción muy completa es Time Out Berlin, aunque prefiero sitios que se salen de lo típico y ofrecen información mucho más interesante, como Unlike City Guides, una referencia casi obligada.
Respecto del transporte, lo mejor es comprar un abono para los días que vayáis a estar en la ciudad, para las zonas A y B. (hay varias opciones). Cubre metro, tren y autobús al aeropuerto de Tegel. Hay una Welcomecard que incluye descuentos en museos, tiendas, restaurantes, etc., pero normalmente no la aceptan en los sitios más interesantes y, además, en los museos el descuento suele ser mínimo y no vale para las exposiciones temporales (las que solemos ver).
Terminadas las recomendaciones, comienzo ya a contaros el viaje, no sin antes advertir que es la tercera vez que voy a la capital alemana, por lo que muchas de las cosas fundamentales, muy probablemente, no las voy a comentar.
DÍA 1: MARTES
Fernando, en la isla de los museos. El Ayuntamiento al fondo e, irremediablemente, también sale la torre de TV.
Llegamos a Berlín a las 12 de la mañana, con Iberia, al aeropuerto de Tegel. Desde allí cogimos el bus hasta el metro, para bajarnos finalmente en Rosenthaler Platz, donde está el Circus Hotel. Era la primera vez que íbamos a este hotel (anteriormente habíamos ido al Novotel Berlin-Mitte, que está muy bien y es del mismo precio o algo más barato), y lo escogimos por la ubicación y por el ambiente (está pensado para gente joven –también tienen hostal y apartamentos–, tiene una terracita muy chula y el trato es muy bueno).
Como era un poco tarde y no encontrábamos el restaurante que nos recomendó la de recepción (Il Due Forni), acabamos en la pizzería La Cucina, que está enfrente del White Trash Fast Food (de este hablaré más tarde). Pizzas decentes y cervezas.
La tarde la dedicamos a dar una vuelta por el barrio de Mitte, que ya conocíamos.
La primera parada del paseo fue delante del Volksbühne Berlin, teatro construido entre 1913 y 1914 bajo diseños de Oskar Kaufmann, con esculturas de Franz Metzner, y reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1950 y 1954, de acuerdo a los diseños de Hans Richter.
El teatro Volksbühne Berlin, en la plaza Rosa-Luxemburg.
Desde el teatro, continuamos por Rosa-Luxemburg-Straße, Münzstraße y Rosenthaler Straße, camino de Oranienburger Straße. Paramos en Hackesche Höfe, una especie de centro comercial y cultural (pequeñas tiendas, cines, restaurantes y un teatro, distribuidos en varios patios interiores) que es monumento histórico.
El centro comercial Hackesche Höfe.
Nueva Sinagoga.
Oranienburger Straße la recorrimos en ambos sentidos (aunque antes nos acercamos hasta la isla de los museos, a la zona donde está el Bode Museum): primero hasta Tacheles (ese miniparque temático de casa “okupa” con artistas que es ya un producto comercial más), parando en la Nueva Sinagoga (un edificio de la segunda mitad del siglo XIX) y en Monbijoupark (uno de los innumerables y excelentes parques de Berlín); y de vuelta haciendo una parada en C/O Berlin, una galería de arte en un precioso edificio del s. XIX que fue Oficina de Correos, donde pudimos ver una exposición de fotografía de Larry Clark.
C/O Berlin, una estupenda galería de fotografía donde siempre hay exposiciones que merecen la pena.
– El museo Bode y un coche pintoresco, aparcado muy cerca del museo.
Terraza del Café Bravo
Después de la exposición, hicimos el camino de vuelta al hotel por una de las calles más interesantes, Auguststraße, en la que hay una serie de cafés y galerías muy interesantes. Paramos en el número 69, donde se encuentra el KW Institute for Contemporary Art y su Café Bravo (típico café de Berlín con terraza en un patio interior). Después fuimos a ME Collectors Room, una galería de arte, tienda y café en la que había una exposición de la colección de juguetes de Selim Varol (el tema principal de su colección es el arte pop y, principalmente, los muñecos de vinilo).
– Entrada al centro de arte KW y grafiti en Tacheles.
– Café y exterior del ME Collectors Room, donde se puede ver la exposición de juguetes de arte de Selim Varol.
Un poco más adelante, también en Auguststraße, está el Clärchens Ballhaus, un curioso local que es salón de baile, restaurante gitano y café con jardín, donde se mezcla gente de todas las edades y condición.
Café-jardín del Clärchens Ballhaus.
El paseo ya se estaba haciendo demasiado largo, así que volvimos hasta el hotel a reponer fuerzas antes de la cena. Subimos a la coqueta terraza del Circus para tumbarnos en unas hamacas con un par de cervezas y disfrutar del atardecer.
Terraza del hotel Circus (obviamente, tenía que salir la torre de TV en la foto)
Para cenar, preguntamos en el hotel a otra recepcionista por un alemán que estuviera bien de precio, fuera chulo y no estuviera muy lejos, Y así, terminamos en Schwarzwaldstuben, en el 48 de Tucholskystraße. Cenamos en la terraza platos alemanes (para ser cocina alemana, no estaba nada mal) y un postre compartido (el único que tenian, pero estaba muy rico).
El restaurante Schwarzwaldstuben, un buen alemán en el 48 de Tucholskystraße.
Tocaba ya retirarse a dormir, porque el miércoles iba a ser un día de parques y bicicleta. Pero eso ya es materia de la segunda parte de la crónica.
Después de casi cuatro días de museos y actividades lúdico-culturales, el lunes habíamos pensado en dedicarlo a compras y a pasear por la ciudad.
La primera imagen de la mañana, bajando hacia el Soho, fue un anuncio en una cabina telefónica. El protagonista de la campaña publicitaria era la rana Gustavo y este era el texto del cartel: “Come moscas. Tiene una cita con una cerda. Estrella de Hollywood”.
Un poco antes habíamos entrado en una tienda de GAP para comprar una sudadera al sobrino de Fer y una camiseta de Flash Gordon (chulísima) a nuestro amigo Antonio.
– Rodaje de “Person of Interest” en Washington Square y vista de la plaza.
Justo al llegar a Wahington Square nos encontramos con el equipo de rodaje de la serie Person of Interest (en las casas de esta plaza se han rodado escenas de muchas películas). La plaza sigue tan bonita como siempre.
– El arco de Washington Square, puerta de la Quinta Avenida, e interior de la tienda Supreme.
Ya en el Soho, fuimos a la tienda de Apple a comprar un iPad, entramos en Kid Robot para buscar un par de regalos (soy fan de los muñequitos de vinilo) y nos dirigimos hacia la zona de Nolita, a la tienda de Supreme, para comprarle una gorra a nuestro amigo Alberto. Allí, en Lafayette Street, se puede ver uno de los mejores grafitos que hay actualmente en Nueva York, obra de D’Face (no os perdáis su web).
“Love Her Hate Him” (D*Face)
Habíamos quedado para comer con Cris y Manuela en Torrisi (un italiano que nos habían recomendado), pero ya estaba cerrado, así que fuimos al local de al lado, The Grey Dog, que fue todo un acierto (unos sándwiches muy ricos).
– Torrisi y The Grey Dog, dos restaurantes en Mulberry Street.
Después de comer nos adentramos en el Lower East Side. Vimos a unos grafiteros en plena acción, alguna tienda curiosa, gente más curiosa aún (a alguno no le sentó muy bien ser fotografiado), y nos dirigimos a Orchard Street, una calle que hay que visitar.
¿Y tú qué miras?
– Los camareros hipster de The Grey Dog y unos grafiteros en plena acción, en el Lower East Side.
Casa de inmigrantes (Tenement Museum)
En Orchard Street está el Tenement Museum (dedicado a las familias que emigraron a Nueva York y se establecieron inicialmente por el Lower East Side) y hay excelentes –aunque caras– tiendas de ropa y cafeterías. Merece la pena entrar en la tienda que hace esquina con Broomer Street y en la cafetería que tiene justo enfrente (con un ventanal chulísimo). También estuvimos en By Robert James (nuestro amigo David conoce al dueño y nos la recomendó).
Ventanal de una cafetería de Orchard Street (esquina con Broomer Street).
– Excelente tienda de ropa (cara) y floristería en Orchard Street esquina con Broomer St., y antiguo mural en Ludlow Street.
No quería dejar de pasar por Ludlow Street, calle famosa, en la que vivió y murió Tim, el hermano de Suzanne Vega, al que dedicó la estupenda canción cuyo título es el nombre de la calle.
Seguimos el recorrido por China Town, nos paramos a ver unas zapatillas en una de las muchas tiendas que hay por la zona y continuamos hasta Clic, una excelente librería de fotografía y galería de arte en la que compré un par de libros (el de Ron Galella está genial).
– Mercadillo en Chinatown.
– Típico aparcamiento de Manhattan y vista del nuevo edificio de Gehry desde Canal Street.
El día estaba llegando a su fin. Nos separamos otra vez en Broadway Street y después fuimos al hotel a recoger a Cristina para ir a cenar a Motorino, una pizzería que la teníamos entre las imprescindibles de Nueva York, pero que ha bajado bastantes enteros (bueno, al menos mereció la pena por la cerveza Porkslap, que tiene un logo que hará historia).
– Cena en Motorino: pizza de coles de Bruselas y cerveza Porkslap.
En este cartel de obra junto a la Zona Cero se pueden ver monigotes de los semáforos decasi todo el mundo.
El martes lo comenzamos en la Zona Cero, donde ya se puede observar una casi terminada Freedom Tower. Aprovechamos para sacarnos unas fotos junto a unos carteles con los monigotes de los semáforos de distintas ciudades del mundo (Fer imitó la portada del disco de Lee Ranaldo) y, después, pasamos por el parque que hay junto al City Hall.
– El rascacielos más alto del mundo (en construcción) y el que lo fue hasta 1930.
– El parque del City Hall, otro más de los estupendos parques de Nueva York.
Bajando hacia Battery Park, entramos en St. Paul’s Chappel (su historia reciente está ligada al atentado del 11 de septiembre de 2001) y en la Trinity Church, dos iglesias que suponen un gran contraste con su entorno y que merecen la pena ser visitadas.
– St. Paul’s Chappel y Trinity Church.
– St. Paul’s Chappel.
Tocaba también ver Wall Street (en ninguna de las anteriores visitas habíamos visto la Bolsa de Nueva York –la verdad es que nunca hemos tenido un especial interés por esa zona de Manhattan–).
Desde allí seguimos bajando, pasando junto a uno de los edificios más antiguos de la ciudad (Fraunces Tavern Museum) y paramos un momento para decansar en el muelle donde se coge el Ferry a la Estatua de la Libertad.
– La Bolsa de Nueva York y Fruances Tavern Museum.
Memorial por los caídos en la guerra de Vietnam.
Continuamos nuestro paseo por delante del impresionante memorial a los caídos en Vietnam y llegamos hasta South Street Seaport, donde paramos de nuevo (Cris y Manuela no podían aguantar sin entrar en A&F).
– Manuela, Cris y Fer posando delante de un ferry y zona de salida del ferry a Staten Island.
Nueva York, ciudad de contrastes.
Para comer decidimos acercarnos a Dumbo. Fuimos al antiguo Dumbo General Store, que ahora se llama Al Mar y está más centrado en comida italiana. La decoración no ha variado mucho y los sándwiches que comimos estaban ricos (aunque no superaron al de roastbeef que nos tomamos el año pasado).
– Comida en el restaurante Al Mar y vista del puente de Brooklyn.
Judíos ortodoxos y el Manhattan Bridge.
Al terminar la comida, era obligado un paseo por Dumbo y el parque del Puente de Brooklyn. Hicimos, como no, la famosa foto del puente de Manhattan y descubrimos con desagrado que han plantado un antiguo tiovivo junto al puente de Brooklyn. Si sólo fuera el tío vivo, a lo mejor hasta quedaba bien, pero han hecho una explanada de hormigón y un cubo horrible de acero y cristal que protege al tíovivo, pero anula las vistas).
Siempre que estoy aquí, me acuerdo del cartel de “Érase una vez en América”.
Tras la visita al parque (coincidimos con muchas familias de judíos ortodoxos), fuimos a The Powerhouse Arena (otra de mis librerías favoritas) y entramos en una nueva tienda de cupcakes, que se llama One Girl Cookies. Como era obligado, volvimos a Manhattan cruzando a pie el puente de Brooklyn, dando así por casi terminado el día.
– Vestíbulo y sala de conciertos del Radio City Music Hall.
Faltaba, nada más y nada menos, el conciertazo de PULP en el Radio City Music Hall, que fue uno de los mejores momentos de este viaje. La sala es impresionante, tanto por su decoración como por su acústica, y nunca habíamos escuchado un concierto con un sonido tan bueno. Fue el mejor broche de un viaje que ya casi llegaba a su fin.
¡ P U L P !
P.D.: Después del concierto, aún tuvimos tiempo de ir a cenar al Shake Shack que está en el distrito de los teatros.
Gitterman Gallery.
Y legó el miércoles, el último día del viaje. Lo aprovechamos para hacer unas últimas compras y para visitar un par de sitios. Entre ellos, la Gitterman Gallery (está en la 75 con Lexington Avenue), donde había una exposición del fotógrafo Adam Bartos. La exposición nos gustó, pero lo que realmente nos encantó fue la propia galería: una casa de dos pisos con un patio ajardinado y unos ventanales impresionantes; un sitio ideal para vivir.
– Los dos pisos de la espléndida Gitterman Gallery.
Después de la exposición de fotografía, nos fuimos hasta la Grand Central Station. Aprovechamos que allí han abierto un nuevo Apple Store (teníamos que comprar un iPad a nuestro amigo Mario) y, de paso, volvimos a disfrutar de la impresionante estación de tren y del Chrysler Building, el rascacielos más bonito de Nueva York.
Chrysler building.
– Interior de la Grand Central Terminal y fachada exterior, con el antiguo edificio de la PanAm a su espalda.
Sala de la Grand Central Terminal.
Quedamos para comer con Cris y Manuela en Torrisi, pero, de nuevo, estaba cerrado. Decidimos ir a Kesté Pizza & Vino, una pizzería que está en Bleecker Street y que es da las buenas de Nueva York. Tras la comida, nos acercamos a nuestra pastelería favorita, Amy’s Bread, que está en la misma calle (dimos buena cuenta de las tartas).
– Kesté y Amy’s Bread, una pizzería y una pastelería de Bleecker street que son de obligada visita.
Y ya no nos quedaba tiempo para mucho más. Manuela pilló un taxi para acercarse a Armani a comprar un traje que había visto el día anterior y nosotros nos fuimos al hotel, andando desde Bleecker Street.
Termina aquí la crónica de nuestro quinto viaje a Nueva York (el más largo y el que se nos ha hecho más corto). Seguro que volveremos más pronto que tarde, pero antes caerá una crónica sobre Berlín, nuestro próximo destino.
Espero que hayáis disfrutado de la crónica y de las fotos y que os pueda servir de guía si decidís visitar una de las ciudades más impresionantes del mundo.
Mira a través de la farsa de los populistas: vota progresista.
El sábado por la mañana, después de desayunar en el hotel, cogimos el metro camino del Brooklyn Museum, para ver la exposición de Keith Haring, un artista que nos gusta especialmente (en el viaje de 2009 fuimos a la zona Este de Harlem para ver su mural “Crack Is Wack“).
Ya antes de llegar al museo, empecé a hacer alguna foto, como la de un camión incitando al voto progresista o la de algún personaje interesante en los andenes del metro.
Después de ver la expo de Haring y de tomarnos un café en el museo, fuimos hacia el mercadillo de Fort Green, pasando antes por la Brooklyn Public Library,la Grand Army Plaza y el BAM. Estuvimos un rato paseando y curioseando por los puestos. Había varios sitios para comer (los de Motorino tenían un horno portátil para hacer pizzas), pero como llevábamos bastantes cosas encima, decidimos pasar por el hotel y tomar una pizza en Company (sí, nuestra pizzería favorita).
– Mural de Keith Haring y Museo de Brooklyn.
– La Biblioteca Pública de Brooklyn y el arco de la Grand Army Plaza.
Fa, Fa, Fa, Fa, FASHION!
– Juguetes y tipos de imprenta en el Fort Green Flea Market.
– La Brooklyn Academy Of Music (BAM) con la Williamsburg Savings Bank Tower al fondo, y Cris, Manu y Fer en el metro, de vuelta a Manhattan.
En Company tienes las mejores pizzas de Nueva York.
Cristina y Fernando en Park Avenue.
Tras la comida, había que aprovechar que el sábado por la tarde la entrada del Guggenheim es gratuita, así que pusimos rumbo al museo para ver la exposición de fotografías de Francesca Woodman. Nos hicimos antes una foto en Park Avenue, que es una de las calles más bonitas de esa zona, especialmente cuando llega la primavera.
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Los pasillos del Guggenheim.
–Vistas del Guggenheim y del Metropolitan Museum.
Tras la visita al Guggenheim (un museo tan bonito como incómodo), dimos un paseo por el lateral del Central Park, pasamos por delante del MET y por la Apple Store de la Quinta Avenida, hice una foto al interesante edificio de fachada acristalada y curva que está en la calle 58 (entre la 5ª y la 6ª) y volvimos al hotel a descansar un rato.
Atardecer en Central Park.
Interior del Red Rooster.
Quedaba la cena en Red Rooster, uno de los restaurantes de moda en Nueva York (en Harlem) que dirige el chef Marcus Samuelsson, y en el que han estado personajes públicos como Obama. Tanto la decoración, como el ambiente y la comida merecen la pena. Al salir del restaurante, pasamos por delante del Lenox Lounge (un local clásico de jazz en Harlem) y cogimos un taxi al hotel, que ya tocaba descansar de verdad.
– El Red Rooster y El Lenox Lounge, dos locales que hay que visitar en Harlem.
El puente George Washington, visto desde Fort Tryon Park.
The Cloisters.
El domingo por la mañana cogimos el metro hacia Fort Tryon Park, para visitar The Cloisters (el conjunto de iglesias y monasterios de los siglos XII al XV que los americanos se llevaron piedra a piedra de Europa y montaron de nuevo, sin mucho criterio, en el Noroeste de Manhattan). Tuvimos un pequeño despiste y casi acabamos en el JFK, pero reaccionamos a tiempo.
– Dos vistas de Fort Tryon Park, uno de los parques más bonitos de Nueva York (y hay unos cuantos).
– Cuando se está en The Cloisters, a uno le cuesta creerse que sigue en Nueva York.
Es verdad que cualquier iglesia española o europea le da mil vueltas al parque temático de The Cloisters, pero hay que reconocer que el parque en el que se encuentra el conjunto arquitectónico es precioso (y las vistas del río Hudson y el puente George Washington merecen mucho la pena).
Escenas del metro de Nueva York (en la línea que queda más cerca de Fort Tryon Park).
El lago de Central Park.
Terminada la visita a The Cloisters, bajamos a comer al Shake Shack que hay cerca del Museo de Historia Natural y después dimos un paseo por un espléndido Central Park soleado y primaveral (es uno de los lugares de Nueva York que uno no se cansa de visitar). Una pareja de recién casados en un carruaje, saltimbanquis, un hombre con una maqueta de un barco a cuestas, … En Central Park, cada paseo es una pequeña historia.
Una tarde soleada en Central Park.
Una escultura del MET.
Tras el paseo por el parque, fuimos al MET (la entrada del MET vale para The Cloisters si se visitan el mismo día –y se paga la voluntad–) para ver dos exposiciones: la colección de arte de la familia Stein (Picasso, Matisse y el avant-garde parisino) y Naked Before The Camera (fotografías de todas las épocas sobre el desnudo). Aquí es donde hice una de las fotos de este viaje que más me gustan.
“Naked Before The Camera” (Desnuda ante la cámara).
Terminada la visita al MET, dimos un largo paseo para coger el funicular de Roosevelt Island y recorrimos parte de la isla, desde la que se puede ver la zona de la ONU y otras vistas de Manhattan (además, coincidimos con la celebración de una boda y la novia posó sonriente para mi cámara).
– El funicular de Roosevelt Island.
– Una novia posa para mi cámara en Roosevelt Island. En la otra foto, Cristina y Fernando en el paseo de la isla.
Paseando por Roosevelt Island.
Vinegar Hill House.
El domingo ya tocaba a su fin. Después de un merecido descanso en el hotel, nos fuimos a cenar a Vinegar Hill House, un restaurante de Brooklyn (muy cerca de Dumbo) que nos habían recomendado hace ya tiempo Isa y David y que es de lo mejorcito que nos hemos encontrado en Nueva York. Decoración, ambiente y, sobre todo, la comida, que estaba deliciosa.
Exterior del coqueto restaurante Vinegar Hill House.
El lunes iba a estar dedicado principalmente a las compras y a pasear por el Soho, el Lower East Side, etc., pero eso será parte de la próxima crónica.
Aquí empieza el relato de nuestro quinto viaje a la ciudad de Nueva York, que en esta ocasión ha vuelto a coincidir en primavera (la mejor época del año para disfrutar de esta ciudad y de casi todas).
Como en las dos anteriores visitas, decidimos alojarnos en el Hampton Inn Manhattan Chelsea, un hotel muy céntrico, con habitaciones y camas amplias y con un precio bastante bueno si lo comparamos con otros hoteles de su categoría (además, incluye el desayuno).
Llegamos al JFK, en un vuelo de Air France operado por Delta, el jueves 5 de abril sobre las 12 de la mañana, pero el control de aduana y un pequeño problema en el Air Train hizo que perdiéramos como hora y media. Para el primer día ya teníamos un concierto en la agenda, pero ya sabíamos que no iba a dar para mucho más.
El Empire State building visto desde la calle 33 con la 9ª Avenida.
Aprovechando que un compañero de trabajo me había encargado una cámara, después de dejar las maletas en el hotel nos acercamos dando un paseo hasta B&H Photo, un emporio judío de la fotografía. Paramos antes en Macy’s (los grandes almacenes por antonomasia) para comprar un regalo al ahijado de Fernando, e hicimos un par de fotos al Empire State Building (desde esa altura de la calle 34 y, sobre todo, de la 33, hay una excelente vista del hasta ayer rascacielos más alto de Nueva York).
Fer con la jarra de cerveza de Company.
Realizadas las compras, decidimos que lo mejor era una comida-merienda-cena antes del concierto de Perfume Genius en Brooklyn. Uno de nuestros restaurantes favoritos (que, además, está cerca del hotel) es Company, una pizzería excelente gracias a la cual descubrí en nuestro anterior viaje un objeto que os enseñaré más adelante.
Tras la pizza Popeye y una jarra de cerveza Ommegang, nos dirigimos al hotel a dejar las cosas y a cambiarnos, para, acto seguido, coger el metro hasta Brooklyn.
El concierto era en The Glasslands Gallery, un sitio muy cutre de Williamsburg en el que hay muy buen ambiente y mejores conciertos (normalmente de grupos de la escena indie poco conocidos o que están empezando). Llegamos demasiado pronto, incluso para ver a los teloneros (Parenthetical Girls), lo que nos permitió fijarnos en el local: un fotomatón en una esquina, un primer piso-balcón que parecía que se iba a caer en cualquier momento, un escenario decorado como para una función colegial, una nevera destartalada con un papel sujetado con pegamento indicando dónde estaba el WC, … Aún así, el garito tenía su encanto. Los Parenthetical Girls, a los que no conocía, me engancharon con su sonido mezcla de cabaret y glam, y Perfume Genius, al que ya había escuchado un par de veces, tuvo que pelear con el concierto hardcore de la sala de al lado, pero les ganó la partida.
– Parenthetical Girls y Perfume Genius en The Glasslands Gallery.
Otra curiosidad de la noche fue la presencia en la sala (a menos de dos metros de nosotros) de Michael Stipe y del cantante de The Pains Of Being Pure At Heart, pero todo esto y mucho más lo podéis leer con mucho más detalle en la crónica de los conciertos que Fer escribió para Indienauta.com y que va acompañada de mis fotos (pinchad AQUÍ para acceder a ella).
Con el concierto en The Glasslands Gallery se terminaba el primer día en Nueva York. En el hotel habíamos dejado un mensaje a Cristina y a Manuela, que habían llegado más tarde en otro avión, para quedar con ellas el viernes por la mañana.
– Cris y Manuela delante de The Pace Gallery y detalle de la exposición en Bertrand Delacroix Gallery.
– En Chelsea, hasta los garajes tienen “arte”.
The High Line.
Comenzamos el viernes visitando a zona de Chelsea. Fuimos a algunas galerías de arte como The Pace Gallery o la Bertrand Delacroix Gallery, donde vimos obras de Joseph Adolphe y Beth Carter. El motivo principal del paseo por Chelsea era The High Line, el parque de Nueva York construido donde había una vía de tren elevado abandonada, que es uno de los principales reclamos de la ciudad (habíamos estado en otras dos ocasiones, pero en ambas había coincidido que era invierno –aparte de que en esta ocasión era primavera, ya habían inaugurado un nuevo tramo–). Es obligatorio un paseo por el parque, desde el que se ve la ciudad de Nueva York bajo una perspectiva diferente y, además, hay excelentes vistas del IAC –un edificio de Frank Gehry–, y del hotel The Standard, al que The High Line lo cruza literalmente).
The High Line, un parque diferente.
– Comederos para pájaros en The High Line.
– Cris y Fer parodiando el cartel de una película y vista del edificio IAC.
Fotografía de Stan Douglas.
Tras el paseo por el parque, nos acercamos a la galería de David Zwirner, para ver la exposición de fotografías de Stan Douglas“Disco Angola” (aproveché para comprarme en la galería un libro de Douglas). Después de la exposición fuimos al Chelsea Market, un precioso mercado surgido de la reforma de una antigua fábrica de galletas de Nabisco (ya habíamos estado en otra ocasión, pero Manuela no lo conocía) y, de allí, nos dirigimos a la Apple Store del Meat Packing Distrit.
De paseo por el Meat Packing District pudimos ver un zepelín de U.S. Navy.
– Interior del Chelsea Market y una tarta de Elmo en una pastelería del mercado.
Porchetta.
Como se acercaba la hora de comer, decidimos ir a otro de nuestros sitios favoritos: Porchetta. Cogimos el metro y nos dirigimos al Lower East Side para disfrutar de uno de los mejores bocadillos de cerdo que he comido en mi vida (antes nos detuvimos en Kim’s Video & Music, en la 1ª Avenida, para comprar el vinilo de Lee Ranaldo). Como en el local casi no hay espacio, nos acercamos al Tompkins Square Park, para comerlo tranquilamente. Era Viernes Santo, y una pequeña procesión nos lo recordó.
No quedaba tiempo para mucho más, así que nos fuimos dando un paseo hasta 5 Napkin Burger (una de las muy buenas hamburgueserías de Nueva York, en Hell’s Kitchen) y, después de disfrutar de una hamburguesa, nos despedimos de Cristina y de Manuela para poner rumbo al Music Hall of Williamsburg, donde íbamos a ver el concierto de The War On Drugs (podéis ver todas las fotos y la crítica de Fer en la crónica de Indienauta).
– Cenando en 5 Napkin Burger y The War On Drugs en concierto.
Tras el no muy buen concierto de The War On Drugs, el viernes llegaba a su fin. El sábado comenzaría, de nuevo, en Brooklyn, pero esa historia forma parte de la segunda parte de esta crónica.
En unos días colgaré en el blog las fotos y el relato del viaje que acabamos de hacer a Nueva York. Mientras tanto, os dejo en esta entrada un aperitivo de cinco fotos, seleccionadas de entre las que más me gustan.
Un chico tocando el banjo, sentado en un andamio, en Alphabet City (junto a Tompkins Square).
El metro de Nueva York (bueno, toda la ciudad) está lleno de personajes peculiares.
Espectacular graffiti de D*Face en el SoHo neoyorquino.
Nueva York en primavera es insuperable (City Hall park).
Dos judíos charlan tranquilamente en el Brooklyn Bridge park, frente al Manhattan Bridge.
Hotel Cascade Resort, en Lagos (Portugal - Algarve)
Hace ya casi 3 semanas nos fuimos a disfrutar de tres días de vacaciones al Algarve (una de las pocas regiones de Portugal que no conocía) y escogimos un hotel de 5 estrellas que acababa de inaugurarse (había una oferta muy buena en Voyage Privé).
Vista de la praia do Canavial desde lo alto del tortuoso acceso y chalet en la zona de la playa de Porto de Mós.
La habitación del Cascade Resort (fantástica) tenía terraza, vistas al mar y acceso directo a la piscina exterior. Además, a 10 minutos andando estaban la playa do Canavial (salvaje) y la de Porto de Mós, rodeada (a distancia) de resorts –aparte de los 4 kilómetros de playa que tiene Lagos–, apartamentos y chalets de lujo.
Fachada (s. XVI) e interior (s. XIX y s. XX) de la iglesia de Santa María.
Hicimos muy poco turismo (la mayor parte del tiempo estuvimos en la playa, en la piscina o descansando), pero también bajamos un par de noches a cenar a Lagos, un pueblo pequeño y bonito, aunque con muchos turistas.
Os dejo aquí algunas de las fotos que hice el último día del viaje y que, muy probablemente, serán las únicas fotos de vacaciones de verano que pueda colgar este año en el blog.
Ventana de la iglesia de Santa María, Almacén Militar y monumento al Infante Dom Henrique.
Típico buzón de correos, Mercado de Esclavos y Fuerte Ponta da Bandeira.
Murallas de la ciudad y Fuerte Ponta da Bandeira.
Iglesia de Santo Antonio y Clube Artístico Lacobrigense.
Una chica camaleón adopta los colores de las señales de tráfico y unas toallas “turísticas” (si seguís el blog, sabréis de dónde he plagiado esta foto).
Un viejo rocker, un “camello” (mirándome muy mal) y una gitana vendiendo globos.
Una horrible escultura al rey D. Sebastiao y un tiovivo en la plaza Gil Eanes.
Fachada de una panadería.
Una bonita casa en la plaza de Luis de Camoes y una típica calle de Lagos, camino de la Iglesia de Santo Antonio.
Espero que os hayan gustado las fotos (recordad que se pueden ver a mayor tamaño haciendo clic sobre ellas).
En Lagos hay mucho más que ver, pero fue un viaje muy corto (aunque descansamos bien y lo disfrutamos). Habrá que volver en otra ocasión –espero que no sea muy pronto–.
P.D.: Aunque los dos días que cenamos en el pueblo todo estaba muy rico, no conseguimos ir a ninguno de los restaurantes que nos habían recomendado (en Lagos se come muy bien y, en general, bien de precio).
Turistas a punto de cruzar el arco de San Gonzalo, en la muralla de la ciudad de Lagos.