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He vuelto, como todos los lunes desde el 25 de mayo, a Barcelona. Como siempre que viajo en avión, he cogido el Aerobús hasta Plaza de España. En esta ocasión, me ha sorprendido ver durante el trayecto (pocas) banderas de España en fachadas, balcones y ventanas de algunos edificios. Por supuesto, se veían muchas más banderas catalanas e independentistas.

Esta noche salí del gimnasio camino de El Filete Ruso para cenar una hamburguesa, y en el paseo que di hasta el restaurante, pude ver también alguna bandera española atada a un balcón u ondeando en una terraza. No lo pude remediar: me acordé de ese gesto de sacar la mano por la ventana para ver si ha dejado de llover; ese acto tímido que se hace como si uno fuera a meter la mano en un lugar desconocido, con la esperanza de que no pase nada, de que ya no caiga ni una gota. Ese mismo gesto son las banderas de España en los balcones de las casas de Barcelona. Son manos que salen al exterior para ver si ha escampado.

Quizá caigan unos cuantos chaparrones, pero creo que ya no llueve como antes. ¡Será el cambio climático!