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Ayer había quedado para cenar con unos amigos y, como en Il Pizzaiolo nos pusieron en lista de espera, fuimos antes a La Bardemcilla a tomar unos vinos y resguardarnos de la gélida noche de Madrid.

Llegaron Laura y Julio y les preguntamos qué tal había estado la actuación de Laura esa tarde (está emocionada con su curso de teatro y acababa de hacer su primera minirrepresentación cara al público). Seguimos la conversación hablando de lo que habíamos hecho durante el día cada uno de nosotros (Fer y yo habíamos ido al Matadero a ver exposiciones y a tomarnos unas birras en La Cantina) y, en ese momento, Julio sacó un papel del bolso de Laura, lo desdobló y nos mostró unas fotografías antiguas, una esquela y una postal de Navidad.

Retrato de época. Cada foto, cuenta una historia...

Por la mañana, se había acercado a una librería de viejo que está por Tetuán (creo que era Alcaná) para buscar libros de ingeniería civil, una de las debilidades de Julio. Buceando entre los libros apilados en el local, localizó un manual de dirección de obra de los años cuarenta que le pareció espléndido y, además, ¡costaba sólo un euro!

Cuando lo abrió para verlo con más detenimiento, descubrió entre las páginas del manual unas fotografías de época (una señora posando, dos señoras y un niño pequeño de viaje por Zurich –algunas fotos tenían un pequeño texto escrito a lápiz en el dorso–), la esquela, recortada de un periódico, del autor del libro, etc. Pero lo que más le llamó la atención fue una postal de Navidad con la foto de un niño y una niña. Sus caras le eran familiares. No podía ser… sí, eran Chabeli y, quizá, Julio José, los hijos de Isabel Preysler y Julio Iglesias. Y el texto de la postal, firmado por Isabel y Julio, era este: “Muy Feliz Navidad y año 1975. Un fuerte abrazo. Isabel y Julio”.

Postal de Navidad de Isabel Presley y Julio Iglesias (1975).

Por un euro, había conseguido unos recuerdos familiares que, por cuestiones del destino, habían acabado en una librería de viejo en Tetuán. Con ellos, uno puede imaginar una historia, la vida de una familia –muy probablemente bien situada (en la época de la foto de Zurich, no era barato viajar) y con amigos famosos– y preguntarse qué fue de ellos y por qué acabaron dentro de un libro técnico esas fotografías y recuerdos personales.

De vacaciones en Zurich.

Recuerdo anécdotas parecidas como la de un escritor que compró un libro de aforismos en una librería de viejo y comprobó que estaban anotados y contestados con otros. En la última página vio la firma del que había sido propietario del libro, que era el mismísimo Chesterton. Cosas así son parte del encanto de los libros de papel, que no sucederán con los digitales (aunquen también tengan sus ventajas). Además, los libros digitales, ni se sienten al tacto ni huelen.